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Origen de nuestras ideas sobre la divinidad ( Paul Heinrich Dietrich – Barón de Holbach )

Posted by Biblioteca Escéptica en septiembre 6, 2012

Capitulo primero de la segunda parte del libro “Sistema de la naturaleza”

Una breve biografía del Barón de Holbach

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Si los hombres tuvieran el coraje de remontarse a la fuente de las opiniones mas profundamente grabadas en su cerebro, se darían perfecta cuenta de las razones que le hicieron respetarlas como sagradas; si ellos examinasen con sangre fría el motivo de sus esperanzas y de sus miedos, observarían que deberían remover fuertemente sus ideas, no tienen ninguna realidad y no son sino palabras vacías de sentido, fantasmas creados por la ignorancia y modificados por una imaginación enferma. Su espíritu trabaja deprisa y sin resultado en medio del desorden de sus facultades intelectuales, engañadas por las pasiones que les impiden razonar justamente o de consultar la experiencia de sus juicios.

Emplazad un ser sensible dentro de una naturaleza cuyas partes estén en movimiento, el sentirá diversamente en razón de los efectos agradables o desagradables que esté obligado a probar: en consecuencia se encontrará feliz o desgraciado y según el tipo de sensaciones sentidas las amará o repudiará, buscará o huirá de las causas reales o supuestas de los efectos que operan en su cerebro.

Pero si es ignorante o privado de experiencia se engañará sobre sus causas, no podrá remontarse a ellas, no conocerá su energía ni su manera de actuar, y cuando estas experiencias reiteradas hayan fijado su entendimiento será preso de la desazón y de la incertidumbre.

El hombre es un ser que no aporta en su nacimiento mas que su capacidad para sentir mas o menos fuertemente según su  onformación individual, no conoce ninguna de las causas a las que está sometido, poco a poco, a fuerza de sentir descubre sus diferentes cualidades aprende a juzgarlas, se familiariza con ellas, les atribuye propiedades según la forma en que se encuentra afectado, y estas ideas son verdaderas o falsas según sea capaz de hacer experiencias seguras y reiteradas.

Los primeros instantes del hombre están marcados por necesidades, es decir, para conservar su ser, se necesita del concurso de diversas cusas análogas a él, sin las cuales no podría mantener la existencia que él ha recibido, estas necesidades dentro de un ser sensible se manifiestan por un desorden, una postración, una languidez en su cerebro que le dan una sensación penosa: esta languidez subsiste y aumenta hasta que la causa necesaria para su cese viene a restablecer el orden conveniente a la máquina humana.

La necesidad es el primero de los males que el hombre prueba, mientras este mal es necesario para el mantenimiento de su ser que el no sería capaz de conservar si el desorden de su cuerpo no le obligara a poner remedio. Sin necesidades no seríamos mas que máquinas insensibles, semejantes a vegetales, incapaces recibido. A las necesidades debemos nuestras pasiones, nuestros deseos, el ejercicio de nuestras facultades espirituales y corporales, son nuestras necesidades las que nos fuerzan a pensar, a querer, a crecer; por satisfacerlas, o por poner fin a las sensaciones penosas que nos causan por lo que nuestra sensibilidad natural y la energía que nos es propia despliegan las fuerzas de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu.

Nuestras necesidades son continuas, nosotros estamos obligados a trabajar sin descanso para obtener los medios capaces de satisfacerlas, en una palabra, es por las múltiples necesidades por las que desplegamos nuestra energía en una acción perpetua, si no hay necesidades el hombre entra en la inacción, en la apatía, en el enojo de una vida incómoda a su ser, estado que dura hasta que nuevas necesidades le reaniman y le despiertan de ese letargo.

De ello se ve que el mal es necesario para el hombre, sin él no podría ni conocer lo que le perjudica, ni evitarlo, ni procurarse bienestar, no se diferenciaría en nada de seres insensibles y no organizados, si el mal momentáneo que nosotros llamamos necesidad no le forzara a poner en juego sus facultades, a hacer experiencias, a comparar y distinguir los objetos que le pueden perjudicar de los que le son convenientes.

En fin, sin el mal el hombre no conocería el bien, estaría constantemente expuesto a morir; semejante a un infante desprovisto de experiencia, a cada paso correría a su perdida cierta, el no juzgaría ni sería capaz de elegir, no conocería voluntades, pasiones o deseos y sería incapaz de revolverse contra los objetos desagradables, no podría apartarlos de él, no conocería motivos para amar o temer. Sería un autómata insensible, no sería un hombre.

Si no existiera el mal en el mundo el hombre jamás habría fantaseado con la divinidad. Si la naturaleza le hubiera permitido satisfacer fácilmente todas sus nacientes necesidades o de probar solamente sensaciones agradables, sus días habrían pasado en una uniformidad perpetua, no hubiese tenido motivos para buscar las causas desconocidas de las cosas. Meditar es una pena: el hombre siempre contento no se ocuparía mas que de satisfacer sus necesidades, de disfrutar del día a día, de sentir los objetos que le advertirían de su existencia de una manera que no podría dejar de aprobar.

Nada alarmaría su corazón, todo sería conforme a su ser y no sabría de penas ni de desconfianza, ni inquietudes por el porvenir. Esos pensamientos no pueden ser sino la consecuencia de sensaciones funestas que anteriormente le hubieran afectado o que, rompiendo el orden de su vida, hubiesen interrumpido el curso de su felicidad.

Independiente de las necesidades renovadas a cada instante dentro del hombre y que a menudo es incapaz de satisfacer, todo hombre siente una serie de males; sufre la  inclemencia de las estaciones, escaseces, contagios, accidentes, enfermedades, etc. Ahí está el porque de sus temores y desconfianzas. La experiencia del dolor nos alarma por encima de todas las causas desconocidas, es decir, cuando no hemos probado anteriormente sus efectos, esta experiencia hace que súbitamente, o si se prefiere, por instinto, nos pongamos en guardia contra todos los objetos cuyos efectos desconocemos. Nuestra inquietud y nuestra angustia aumentan en razón del tamaño del desorden que esos objetos producen en nosotros, de su rareza, o sea de nuestro desconocimiento sobre ellos o de nuestra sensibilidad natural, del calor de nuestra imaginación.

Cuanto más desprovisto de experiencia es mas susceptible al temor: el aislamiento, la oscuridad de los bosques, el silencio y las tinieblas de la noche, el silbido del viento, los ruidos súbitos y confusos son para cada hombre no acostumbrado a ellos motivo de temor. El hombre ignorante es un niño a quien todo sorprende y hace temblar. Sus alarmas desaparecen o se calman a medida que la experiencia le familiariza con los efectos de la naturaleza; se tranquiliza a medida que los conoce o cree conocer las causas que los provocan y ensaya los medios de evitar sus efectos.

Pero el no puede conseguir desenredar las causas que le nublan y le hacen sufrir, no sabe que camino tomar: sus inquietudes aumentan; su imaginación se extravía o se pierde en el desorden de lo desconocido, se le hace análogo a lo conocido, le sugiere los medios, parecidos a los que emplea de ordinario para desviar los efectos y desarmar la causa oculta de sus inquietudes y sus temores. Así, su ignorancia y su debilidad le vuelven supersticioso.

Pocas personas, ni siquiera de nuestros tiempos, han estudiado suficientemente la naturaleza o se han percatado de las causas físicas y de los efectos que producen. Esta ignorancia fue sin duda mayor en tiempos pasados donde el espíritu humano, en su infancia, no había hecho las experiencias y el progreso de nuestros días. Sabios dispersos y solitarios no solo conocieron imperfectamente los caminos de la naturaleza, solo la sociedad perfecciona los conocimientos humanos por medio de esfuerzos multiplicados y combinados para adivinar sus vías. Así las cosas todas las causas debieron ser misteriosas para nuestros salvajes antepasados. La Naturaleza entera fue un enigma para ellos, todos sus fenómenos debieron ser maravillosos y terribles para seres desprovistos de experiencia; todo lo que ellos vieron debió parecerles inusitado, extraño y contrario al orden de las cosas.

No nos sorprende ver temblar a los hombres de hoy a la vista de las cosas que ya hicieron temblar a sus padres. Los eclipses, los cometas, los meteoros fueron antaño cosas de alarma para todos los pueblos de la Tierra; sus efectos, tan naturales a los ojos de la sana filosofía que poco a poco ha desenredado las verdaderas causas, son todavía motivo de alarma para la parte mas numerosa y la menos instruida de las naciones modernas: el pueblo, al igual que sus ignorantes ancestros, encuentra maravilloso y  sobrenatural aquello a lo que no está acostumbrado y todas aquellas causas desconocidas que actúan con una fuerza que no imagina que las cosas conocidas puedan ser capaces de producir .

La vulgaridad cree ver maravillas, prodigios, milagros, en todos los efectos chocantes que el no comprende; llama sobrenaturales a todas las causas que los producen lo que significa, simplemente, que el no está familiarizado con ellos, que no los conoce, o que dentro de su mundo no ha visto agentes capaces de producir efectos tan raros a la vista de su ojos.

O los fenómenos naturales y ordinarios de los que las naciones fueron testigos sin adivinar las causas, ellos son desde tiempos inmemoriales prueba de calamidades, sean generales, sean particulares, que sumergen en la consternación y en las inquietudes mas crueles. Los anales y las tradiciones de todos los pueblos recuerdan todavía hoy fenómenos físicos, desastres o catástrofes que debieron sembrar el terror en el espíritu de los antiguos, ¿Si la historia no nos recordara continuamente esos grandes hechos nuestros ojos no bastarían por convencernos que todas las partes de nuestro globo han sido, y siguiendo el curso de de las cosas, son y serán sucesivamente en tiempos diferentes sacudidas, volteadas, alteradas, inundadas o abrasadas?

Vastos continentes fueron engullidos por las aguas, los mares salidos de sus límites han usurpado el dominio de la tierra, retiradas a continuación esas aguas nos han dejado pruebas flagrantes de su paso por las conchas, despojos de peces, restos de cuerpos marinos que el observador atento encuentra a cada paso en las comarcas fértiles que habitamos hoy día.

Los fuegos subterráneos se abren en distintos lugares con suspiros espantosos. En una palabra, los elementos desencadenados se han disputado muchas veces el dominio del globo, lo que se nos muestra por todo como un amasijo de restos y de ruinas. ¡Eso debe ser el espanto del hombre que en todos los países vive la Naturaleza entera armada contra él y amenazando destruirle sin demora! Ellos no pueden sin duda atribuirlo a la Naturaleza, no la suponen autora o cómplice del desorden que ha afectado a ella misma, ellos no piensan que esas revoluciones y esos desórdenes son los efectos necesarios de leyes inmutables que contribuyen al orden que la hace subsistir.

Fue entonces, en estas circunstancias fatales cuando las gentes, no encontrando en la Tierra fuerzas capaces de provocar esos efectos, cuando inquietos levantaron los ojos cuajados de lágrimas al cielo que ellos suponían la residencia de agentes desconocidos cuya animosidad destruía aquí abajo su felicidad.

Fue en el seno de la ignorancia, de las alarmas y de las calamidades cuando el hombre tuvo siempre las primeras nociones sobre la divinidad, cosa que las hace sospechosas o falsas y siempre desconsoladoras. En efecto, en cualquier parte del globo donde nosotros posemos la mirada, en los climas glaciales del norte, en las regiones luminosas del sur, en todas las zonas, los hombres han temblado en consecuencia de sus temores y desdichas que ellos han levantado a los altares como dioses nacionales o que ellos han adoptado de otros pueblos. La idea de esos agentes poderosos fue asociada a la del terror y su nombre recuerda siempre a los hombres sus propias calamidades o las de sus padres, nosotros temblamos hoy porque nuestros antepasados han temblado hace millares de años.

La idea de la divinidad despierta siempre en nosotros ideas de pesar si nos remontamos a la fuente de nuestras desgracias actuales, y los pensamientos lúgubres que manan de nuestro pensamiento cuando nosotros queremos pronunciar su nombre tienen como origen los diluvios, los terremotos, las revoluciones y los desastres que han destruido una parte del género humano, han consternado a los desgraciados que han escapado de la destrucción de la tierra; esos que nos transmitieron hasta hoy sus espantos y las ideas negras que ellos se hicieron de las causas o de los dioses que les habían alarmado.

Los dioses de las naciones fueron creados bajo el seno de las alarmas, fue el dolor que cada hombre lo que dio forma a la potencia desconocida que el mismo se imaginó. Desconocedor de las causas naturales y de su forma de actuar, cuando le acongoja el infortunio o cualquier sensación penosa no sabe que decisión tomar.

Los acontecimientos que a pesar de le suceden a su alrededor, sus enfermedades, sus penas, sus pasiones, sus inquietudes, las alteraciones dolorosas que su cuerpo siente sin desembrollar sus verdaderas causas, la muerte en suma cuyo aspecto es temible para un ser fuertemente agarrado a la vida, son los hechos que el juzga como sobrenaturales porque son contrarios a su naturaleza actual; los atribuye pues a cualquier causa poderosa que, a pesar de sus esfuerzos, dispone a cada instante de él.

Su imaginación, desesperada de males que el encuentra inevitables le crea fantasmas en los que la conciencia de su propia debilidad le obliga a estremecerse. Helado por el terror medita tristemente sobre sus penas y, temblando, busca los medios para superarlas desarmando la furia de la quimera que le persigue. Es en la fragua de su tristeza donde el hombre ha forjado sus dioses.

Juzga lo que no conoce a partir de aquello que le es familiar, si una cosa visible o supuesta le afecta de manera agradable o favorable la juzga buena y bienintencionada hacia él: al revés, juzga que todas aquellas causas que le hacen probar sensaciones enojosas son malas por su naturaleza y su intención perjudicial. Le atribuye un plan, un sistema de conducta a todo lo que parece producir por si mismo efectos ligados, operar con orden y continuación, causar constantemente los mismos efectos sobre él. De estas ideas el hombre saca de si mismo su propia manera de
actuar, ama u odia las cosas que le han afectado; se acerca a ellas con confianza o inquietud, las busca, o les huye cuando cree poder sustraerse a su potencia.

Pronto les habla, los invoca, les ruega que le ayuden o que dejen de afligirle, trata de conseguir su favor por medio de la sumisión, de humillaciones o de presentes a los que él mismo es sensible; le ofrece hospitalidad, le da asilo, les hace una morada o les provee de cosas porque piensa que es su deber complacerlo y espera asimismo una compensación, un premio.

Esas disposiciones sirven para darnos cuenta del proceso de formación de esos dioses tutelares que cada hombre se hace en las naciones salvajes o groseras. Vemos como los hombres simples ven como los árbitros de su suerte los animales, las piedras, los fetiches que ellos transformaron en divinidades prestándoles su inteligencia, sus deseos y sus voluntades.

Es una disposición que sirve para engañar al hombre salvaje y que engañará a todos aquellos cuya razón no pueda aclarar las apariencias, es el concurso fortuito de ciertos efectos con causas que no los han producido, o la coexistencia de efectos con ciertas causas sin ninguna ligazón verdadera. De esta manera el salvaje atribuirá la bondad o la voluntad de hacerle un bien a cualquier cosa, sea animada o inanimada, tal como una piedra de cierta forma, una roca, una montaña, un árbol, una serpiente, un animal, etc., si todas las veces que encuentra esos objetos las circunstancias han querido que tenga un buen suceso en la caza, en la pesca, en la guerra o en cualquier otra empresa.

El mismo salvaje, de igual manera gratuita unirá la idea de malicia o maldad a cualquier cosa que haya encontrado los días en que el tenga un accidente desgraciado; incapaz de razonar no verá que esos efectos sean debidos a causas naturales, a circunstancias necesarias; le es mas fácil honrar las causas incapaces de influir sobre él, o de desearle el bien o el mal, consecuentemente su ignorancia y la pereza de su espíritu los divinizan, es decir, les suponen inteligencia, pasiones, designios y les suponen un poder sobrenatural. El salvaje es como un niño, ataca a lo que le incomoda remontarse a la mano que la ha lanzado. Tal es aun, en el hombre sin experiencia, el fundamento de la fe en los presagios felic es o desgraciados; los ve como avisos enviados por sus dioses ridículos a los que atribuye una sagacidad, una previsión capacidades de las que él está desprovisto.

La ignorancia y la confusión hacen que el hombre crea que una piedra, un reptil o un pá jaro mucho mas instruidos que él mismo. Las pequeñas observaciones que hace el hombre le vuelven todavía mas supersticioso, ve que algunos pájaros anuncian por su vuelo, sus gritos los cambios de frío o calor o las tormentas, ve que en ciertos tiempos se desprendes vapores del fondo de algunas cavernas y no se necesita mas para hacerle creer que esos seres conocen el porvenir y tienen el don de la profecía.

Si poco a poco la experiencia y la reflexión consiguen desengañar al hombre de la potencia de la inteligencia y las virtudes que tempranamente había asignado a cosas insensibles, las supone dominadas por fuerzas secretas, por algún agente invisible de las que ellas son los instrumentos. Es entonces a este agente escondido al que se dirige, al que habla. Busca ganar su favor e implora su asistencia, quiere aplacar su cólera y para lograrlo utiliza los mismos medios que utilizaría para ganar o para aplacar a los seres de su misma especie.

Las sociedades que originalmente hayan sido afligidas y maltratadas por la Naturaleza supondrán a los elementos y a los agentes secretos que los regulan unas voluntades, unas vidas, unas necesidades y deseos semejantes a los del hombre. De ahí los sacrificios imaginados para alimentarlos, las libaciones para calmar su sed o los inciensos para perfumarlos. Cree que los elementos o fuerzas secretas irritados se calman con las plegarias la sumisión y los presentes. Su imaginación trabaja para adivinar cuales pueden ser los presentes y las ofrendas mas agradables a esos seres mudos de las que es imposible conocer sus inclinaciones. Se les ofrece primero los frutos de la tierra, las espigas; se les sirve a continuación la carne, se inmolan gansos, becerros o toros. Como se les ve siempre irritados contra el hombre se les sacrifica luego niños u hombres. En fin, el delirio de la imaginación cree que el agente soberano que preside la Naturaleza desdeña las ofrendas tomadas de la tierra y no puede reconciliarse con la raza humana sino con el sacrificio de un dios.

Se supone que un ser infinito necesita victimas infinitas para reconciliarse con la raza humana. Los viejos, como gente mas experimentada, fueron comúnmente encargados de la reconciliación con la potencia irritada, se acompañaran de ceremonias, ritos, precauciones, formulas….recordarán a sus conciudadanos las nociones transmitidas por sus ancestros, las observaciones hechas por ellos y las fábulas que ellos recibieron. Así se estableció el sacerdocio, así se forma el culto y así, poco a poco, se forma el cuerpo de una doctrina. En pocas palabras, tales son los elementos informes y precarios de que se sirven en todo el mundo para componer la religión, ella fue siempre un sistema de conducta inventado por la imaginación y por la ignorancia para tornar favorables las potencias desconocidas a las que se supone obedece la Naturaleza, cualquier divinidad irascible y aplacable le sirve siempre de base, sobre esta noción pueril y absurda funda el sacerdocio sus derechos, sus templos, sus altares, sus riquezas, sus dogmas. Y sobre estos fundamentos groseros levantan todos los sistemas religiosos del mundo, inventados originalmente por los salvajes y todavía con el poder de regir las naciones mas civilizadas. Estos sistemas, tan ruinosos en sus principios, han sido diversamente modificados por el espíritu humano con el objeto de trabajar sin descanso por los seres desconocidos a los que ha comenzado por atribuir una gran importancia y que jamás analiza con sangre fría.

Tal es la marcha de la imaginación en las ideas sucesivas que ella se hace de la divinidad o que recibe del entorno. La primera teología del hombre le hizo temer y adorar los elementos mismos, los objetos materiales y groseros, luego, rinde homenaje a los agentes que presiden los elementos, a genios potentes, a genios inferiores, a héroes o a hombres dotados de condiciones excepcionales, a fuerza de reflexionar cree simplificar las cosas sometiendo la naturaleza entera a un solo agente, a una inteligencia soberana, a un espíritu que pone a esta Naturaleza y a sus partículas en movimiento.

Remontándose de causa en causa los mortales han acabado por no ver nada y es en esta oscuridad donde ellos han emplazado su dios, en este abismo tenebroso su imaginación trabaja por fabricar quimeras que les afligen hasta que el conocimiento de la Naturaleza les desengaña de fantasmas que siempre han adorado vanamente.

Si queremos darnos cuenta de nuestras ideas sobre la divinidad estamos obligados a convenir que con la palabra dios los hombres no han podido jamás designar la causa mas recóndita, mas alejada, la mas desconocida de los efectos que ellos ven. Ellos solo utilizan esa palabra porque el juego de las causas naturales y conocidas cesa de ser visible para ellos, desde que pierden el hilo de las causas o desde que su espíritu no puede seguir la cadena zanjan la dificultad y terminan su búsqueda llamando Dios la última de las causas.

Estando mas allá de todas las causas conocidas se le atribuye una denominación vaga a una causa ignorada, a aquella que su pereza o el límite de su conocimiento no les permite alcanzar. Cada vez que se nos dice que Dios es el autor de algún fenómeno eso significa que tal fenómeno se ha producido por causas o fuerzas desconocidas naturales desconocidas por nosotros. El común de los hombres, acompañado de su ignorancia, atribuye a la divinidad no solamente los efectos mas inusitados que le golpean sino también los sucesos mas simples y mas fáciles de conocer por cualquiera por poco que medite. El hombre siempre ha respetado las causas desconocidas de los efectos sorprendentes que su ignorancia le impide descubrir.

Solo nos queda preguntarnos si podemos llegar a conocer perfectamente las fuerzas de la Naturaleza, las propiedades que ella encierra, los efectos resultantes de sus combinaciones. ¿Sabemos porqué el imán atrae el hierro? ¿Podemos explicar los fenómenos de la luz, de la electricidad, de la elasticidad? ¿Conocemos los mecanismos por los que nuestro cerebro modifica lo que llamamos voluntad para ponernos en acción? ¿Podemos darnos cuenta de cómo nuestro ojo ve, nuestro oído entiende, nuestro espíritu conoce? Si somos incapaces de conocer la razón de fenómenos que a diario la Naturaleza nos presenta ¿Con que derecho le negamos el poder de producir ella misma sin el socorro de agentes extraños, más desconocidos que ella misma, otros efectos mas incomprensibles para nosotros? ¿Seremos mas sabios cuando atribuyamos a Dios cualquier hecho del cual no hayamos sido capaces de descubrir la verdadera causa? ¿Se atribuirá a un ser del que conocemos menos y tenemos menos idea que de todas las causas naturales? ¿Una palabra a la que no podemos ligar un sentido fijo, será suficiente para esclarecer el problema? ¿Puede significar la palabra Dios otra cosa que la causa impenetrable de los efectos que nos asombran y que no podemos explicar? Si actuamos de buena fe con nosotros mismos deberemos reconocer que únicamente la ignorancia de las causas naturales y de las fuerzas de la Naturaleza es lo que origina el nacimiento de los dioses; es todavía la imposibilidad en que la mayor parte de los hombres se encuentran para borrar esta ignorancia, de hacerse ideas simples de la formación de las cosas, de descubrir las verdaderas fuentes de los hechos que ellos admiran o que ellos temen, lo que les hace creer que la idea de un dios es una idea necesaria para justificar todos los fenómenos y las verdaderas causas que no puede llegar a alcanzar.

Veamos porqué se mira como insensatos a los que no sienten la necesidad de admitir un agente desconocido o una energía secreta que a falta de relacionarla con la Naturaleza la es situada fuera de ella..

Todos los fenómenos de la Naturaleza hacen nacer necesariamente en los hombres sentimientos diversos. Los unos le son favorables y los otros dañinos, los unos provocan su amor, admiración, reconocimiento; los otros le turban, le producen aversión o desesperanza. Según las emociones variadas que provocan, los hombres aman u odian las causas a las que atribuyen los efectos que producen en ellos esas diferentes pasiones; esos sentimientos de admiración o temor aumentarán según la medida en que sean mas vastos, mas irresistibles, mas incomprensibles, mas inusitados o mas interesantes para ellos. El hombre se hace necesariamente el centro de la Naturaleza entera; no puede juzgar las cosas sino en la medida en que se siente afectado por ellas, solo puede amar lo que cree favorable para él, odia y teme necesariamente todo lo que le hace sufrir; como hemos visto llama desorden todo lo que trastorna su máquina y considera que todo está dentro del orden si conviene a su manera de vivir. Debido a esas ideas el género humano cree que la Naturaleza está hecha solo para el hombre; que solo para él la Naturaleza ha obrado, o bien que las causas poderosas a las que la Naturaleza está subordinada solo tenían como objeto el hombre en todos los efectos que operan en el Universo.

Si existieran otros seres pensantes sobre la Tierra, caerían posiblemente en este mismo prejuicio fundado necesariamente que cada individuo se adjudica a si mismo, predile cción que subsiste hasta que la reflexión y la experiencia rectifican su juicio.

Así, cuando el hombre está contento, cuando todo está en orden para él, admira o ama la causa a la que cree deber su bienestar, cuando él está descontento de su manera de vivir él odia y teme la causa supone productora de sus aflicciones. El bienestar se confunde con nuestra existencia, no se siente cuando es continuo y habitual, entonces lo consideramos inherente a nuestra esencia; pensamos que somos hechos exclusivamente para ser dichosos, encontramos natural que todo concurra al mantenimiento de nuestro ser. Y no es lo mismo cuando nosotros conocemos comportamientos que nos displacen; el hombre que sufre está siempre sorprendido de los cambios que se operan en él, los juzga antinaturales, contra su propia naturaleza, se imagina que los acontecimientos que le hieren son contrarios al orden de las cosas, cree que la Naturaleza está trastornada cada vez que no le provoca sensaciones placenteras o convenientes y cree que los agentes que la mueven están irritados contra él.

Así, el hombre, casi insensible al bien, siente muy violentamente el mal, cree al uno natural y al otro contrario a la naturaleza. Ignora u olvida que forman parte de un todo, formado por un conjunto de substancias de las que unas son semejantes y las otras contrarias, que los seres que formados por la naturaleza están dotados por propiedades diversas en virtud de las cuales actúan diversamente sobre los cuerpos que se encuentran al alcance de su acción; él no ve que esos seres desprovistos de bondad y de malicia obran según sus esencias y propiedades, sin poder actuar de otra manera de cómo lo hacen. A causa de desconoce éstas cosas mira al autor de la Naturaleza como la causa de los males que sufre y que el cree malévolo, es decir, animado contra él.

Ve pues el hombre el bien como una deuda de la Naturaleza y el mal como una injusticia que ella le hace, persuadido de que ésta Naturaleza ha sido hecha para él, no concibe que le pueda hacer sufrir si no es movida por una fuerza enemiga de su felicidad, que tenga razones para afligirle y castigarle. De ello se desprende que es el mal el principal motor de las investigaciones que los hombres han hecho sobre la divinidad, de las ideas que se han formado y de la conducta que han tenido.

La admiración sola de las obras de la Naturaleza y el reconocimiento de sus beneficios no han forzado jamás al género humano a remontarse penosamente por el pensamiento a la fuente de las cosas, familiarizados sobre el campo con los efectos favorables a nuestro ser, no nos hemos tomado las mismas molestias de buscar sus causas que en descubrir las de lo que nos inquieta o nos aflige.

Reflexionando sobre la divinidad siempre lo hizo sobre la causa de sus males, sus meditaciones siempre fueron vanas porque sus males, como sus bienes, son los efectos igualmente necesarios de las causas naturales, aquellas para las que su espíritu ha inventado siempre causas ficticias pues siempre se ha hecho ideas falsas puesto que el siempre las extrae de su propia manera de ser y de sentir. Obstinado, no ve mas que a si mismo y no conoce la naturaleza universal de la que el forma una débil parte.

Un poco de reflexión será suficiente sin embargo para desengañarnos de estas ideas. Todo nos prueba que el bien y el mal están en nuestra manera de ser dependientes de las causas que le afectan y que un ser sensible siente forzosamente.

Dentro de una Naturaleza compuesta de seres infinitamente variados es necesario que el choque o el encuentro con materias discordantes turbe el orden y la manera de vivir de otros seres si analogía con ellos; procede como ha hecho durante años, los bienes y los males que sentimos son consecuencias necesarias de las cualidades inherentes a otros seres en la esfera de acción en que nos encontramos. Nuestro nacimiento, que nosotros consideramos un acto generoso, es tan necesaria como nuestra muerte que nosotros vemos como una suerte de injusticia; está dentro de la naturaleza de los seres semejantes el unirse para formar un todo y es la naturaleza de todos los seres compuestos el destruirse o descomponerse unos mas pronto y otros mas tarde. Todo cuerpo que se descompone hace eclosionar otros nuevos que se destruirán a su vez para ejecutar eternamente las leyes inmutables de una Naturaleza que existe solamente por los cambios continuados que sufren sus partes. Esta Naturaleza no puede ser vista como bondadosa ni como cruel, todo lo que se hace en ella es necesario. La misma materia ígnea que fue el principio de nuestra vida puede ser a menudo el principio de nuestra destrucción, del incendio de un poblado, de la explosión de un volcán. Esta agua que circula en nuestros fluidos tan necesarios para nuestra existencia actual, si es demasiado abundante nos asfixia, es la causa de estas inundaciones que a veces engullen la tierra y sus habitantes. Este aire, sin el cual no podemos respirar, es la causa de los huracanes y de las tempestades que vuelven inútiles los trabajos de los mortales. Los elementos se desencadenan contra nosotros forzosamente cuando son combinados de ciertas maneras, y las consecuencias necesarias son estos estragos, los contagios, las hambrunas, las enfermedades, las plagas diversas por las cuales imploramos a gritos a potencias sordas a nuestras voces. No nos conceden nunca nuestros deseos sino cuando la necesidad que nos aflige ha vuelto a poner las cosas dentro de un orden que nosotros creemos conveniente a nuestra especie, orden relativo que es y será siempre la medida de todos nuestros juicios.

Los hombres fueron incapaces de reflexiones tan simples. No comprendieron que la Naturaleza se rige por leyes inalterables y vieron los bienes que ellos conocieron como favores y sus males como signos de cólera de la naturaleza que ellos supusieron animada de las mismas pasiones que ellos o, al menos, gobernada por algún agente secreto que le hacía ejecutar sus voluntades favorables o dañinas a la especie humana.
Fue a este agente secreto a quien ellos elevaron sus plegarias, poco ocupados de él en su bienestar, le recordaron sus favores en la creencia que su ingratitud podría provocar su furor; pero ellos lo invocaron sobre todo con fervor en sus calamidades, en sus enfermedades, en los desastres que asustaron su mirada, ellos le demandaron entonces que cambiara en su favor la esencia y la manera de ser de las cosas, cada uno de ellos pretendió que para hacer cesar el menor mal que le afligía, la cadena eterna de las cosas fuera parada o quebrada.

Sobre estas pretensiones tan absurdas se fundan las oraciones fervorosas que los mortales, casi siempre descontentos de su suerte y nunca de acuerdo en sus deseos, dirigen a la divinidad. Sin cesar de rodillas delante de la potencia imaginaria que ellos juzgan con derecho a mandar en la Naturaleza, la suponen tan fuerte como para cambiar su curso, para hacerla servir a intereses particulares y obligarla a contentar los deseos discordantes de los humanos.

El enfermo expirando sobre su cama demandan que los humores amasados en su cuerpo pierdan las propiedades que le son perjudiciales, y que por un acto de su poder, su dios, renueve o cree de nuevo los resortes de una máquina usada por las discapacidades.

El cultivador de un terreno húmedo y bajo se queja de la abundancia de lluvias que lo inunda mientras que el habitante de una colina le agradece sus favores y solicita la continuación de lo que es causa de desespero para su vecino. En fin, cada hombre quiere un dios para él solo y demanda en su favor siguiendo constantemente sus fantasías momentáneas y sus necesidades cambiantes la esencia invariable de las cosas sea continuamente cambiada. Por ello los hombres demandan constantemente milagros. No nos sorprendamos de su credulidad o de la facilidad con que aceptan los relatos de cosas maravillosas que se le anuncian como actos de la potencia y de la bondad de la divinidad, y como pruebas de su imperio sobre la Naturaleza entera, la cual ganándola, se les promete el mando a ellos mismos; por una consecuencia de estas ideas la naturaleza está desprovista de todo su poder, no es vista sino como un instrumento pasivo, ciego por si mismo, que no actúa sino por las órdenes variables de agentes todopoderosos a los que se le cree subordinada. Falta revisar la Naturaleza bajo un punto de vista verdadero, se la desconoce enteramente, se la desprecia y se la cree incapaz de producir algo por ella misma, y se hace el honor de todas sus obras, sean ventajosas o perjudiciales para la especie humana, a potencias ficticias, aquellas a las que el hombre presta cada día sus propias disposiciones no hacienda sino aumentar su supuesto poder.

En una palabra, fue sobre los restos de la naturaleza donde los hombres elevaron el coloso imaginario de la divinidad.

Si la ignorancia de la Naturaleza da nacimiento a los dioses, el conocimiento de la Naturaleza sirve para destruirlos, a medida que el hombre se instruye, sus fuerzas y sus recursos aumentan con sus luces, las ciencias, las artes conservadoras, la industria le provee de socorro, la experiencia le tranquiliza o le procura los medios de resistir los embates de causas que cesan de alarmarlo cuando son conocidas.

Dicho de otro modo, sus terrores se disipan en la misma proporción que se aclara su espíritu. El hombre instruido cesa de ser supersticioso

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Una respuesta to “Origen de nuestras ideas sobre la divinidad ( Paul Heinrich Dietrich – Barón de Holbach )”

  1. Reineri☻ Ramírez Pereira said

    genio

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