Biblioteca Escéptica

El psicoanálisis no es una teoría científica de la mente (Carlos Santamaría y Ascensión Fumero)

Posted by Biblioteca Escéptica en septiembre 3, 2012

Capitulo 2  del libro  “El psicoanálisis ¡vaya timo!”  de la Colección  ¡vaya timo!  dirigida por Javier Armentia y editada en colaboración con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico –  LAETOLI 

“Los autores exponen, paso a paso, con un lenguaje y una redacción sencillos, las razones por las que hace ya décadas el psicoanálisis no se considera una actividad científica por parte de los profesionales de la psicología” (Enrique Pérez, Popular Science)

Breve biografía de Carlos Santamaría

Breve biografía de Ascensión  Fumero

Descargar  ” El psicoanálisis no es una teoría científica de la mente”

Supongamos que usted se encuentra con una amiga a la que no ha visto desde hace algún tiempo y que le dice estar muy contenta porque ha encontrado trabajo como cajera en un supermercado. El sueldo es bueno y el primer mes se ha comprado un reproductor de música portátil (por ejemplo, un iPod). Seguramente usted se alegrará de esa información y no la pondrá en duda. Pero imaginemos que su amiga le dice que con su primer sueldo como cajera se ha comprado no un iPod sino un piso de lujo en la zona más cara de la ciudad. Esta afirmación, sin duda, le dejará perplejo, aunque no tuviese ningún interés en dudar de la palabra de su amiga. Al menos le pedirá más información, o incluso dudará de haber entendido bien lo que quería decirle… Simplemente, solemos creer las afirmaciones que no contradicen nuestro conocimiento general del mundo. No requerimos pruebas especiales para creerlas. Pero el sentido común nos dicta que, si alguien hace una afirmación extraordinaria, algo que realmente cambia nuestra concepción del mundo, debemos solicitar pruebas tan extraordinarias como la propia afirmación. Por ejemplo, si alguien nos dice que el sueldo mensual de una cajera de supermercado puede pagar el valor total de un piso de lujo nos costará creerlo, a menos que nos lo demuestre de forma muy palpable.

Hemos visto que el psicoanálisis está repleto de afirmaciones extraordinarias. Freud nos dice cosas como que los bebés tienen una vida sexual muy activa, o que la mayor parte de los niños a la edad en que empiezan a acudir al colegio están enamorados de sus madres y desean matar a sus padres, o que las niñas envidian el pene y los niños temen ser castrados. Se trata de afirmaciones realmente extraordinarias. Y desde luego, las cosas extraordinarias son más interesantes que los descubrimientos cotidianos: por esta razón Freud se convirtió en el psiquiatra más famoso de todos los tiempos (a pesar de que su especialidad era la neurología). Así, decir que la Tierra gira alrededor del Sol y no a la inversa debió de ser en algún momento una afirmación extraordinaria, y los científicos que la demostraron y lo hicieron de forma inequívoca han pasado a la historia.

Muchas personas creen que las afirmaciones del psicoanálisis pertenecen al campo de la ciencia y que debemos creerlas, por extraordinarias que nos resulten, porque han sido científicamente demostradas. Sin embargo, ni Freud ni sus seguidores demostraron jamás ese tipo de afirmaciones, ni con pruebas extraordinarias ni con indicios relativamente razonables. El psicoanálisis ha lanzado al mundo las ideas tal vez más sorprendentes sobre la psicología humana, pero no lo ha hecho tras considerarlas probadas.

 

En este capítulo daremos argumentos al lector para mostrar que no hay razones para creer que las afirmaciones del psicoanálisis sean ciertas. Estas afirmaciones son a veces simplemente falsas y otras simplemente indemostrables.

 

Breve historia de lo que no es ciencia

Probablemente usted ha oído alguna vez el enunciado de algún principio científico o ley. Por ejemplo, el principio de Arquímedes es uno de los más conocidos y puede enunciarse, más o menos, en estos términos: un cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso del fluido que desaloja. Los principios científicos acotan el número de explicaciones posibles para un fenómeno determinado y eligen una de ellas. Por ejemplo, Arquímedes podría haber enunciado su famoso principio de la siguiente manera: un cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical u horizontal, hacia arriba o hacia abajo, o puede ser que no experimente empuje alguno y también que dicho empuje tenga relación con la cantidad de fluido desalojado o no. Nadie podrá decir que este segundo enunciado del principio de Arquímedes sea falso. Al menos, no podrá serlo si es verdadero el principio original, puesto que este segundo principio se cumple en todas las situaciones en que lo hace el original y en muchas otras. Es decir, lo que podríamos llamar el “principio ambiguo de Arquímedes” podría explicar más situaciones o más estados del mundo que el principio original. ¿Por qué debemos preferir entonces la formulación de Arquímedes? . Precisamente porque no todos los fenómenos concuerdan con la explicación, sino que el principio establece cuáles deberían satisfacerlo y cuáles no.

Una de las críticas realizadas más frecuentemente al psicoanálisis es precisamente que dicha disciplina no hace lo que el principio original de Arquímedes, sino lo que el “principio ambiguo”. El psicoanálisis no exhibe la valentía que debe caracterizar a las teorías científicas, que deben estar dispuestas siempre a que los datos las contradigan. El psicoanálisis se escuda, por el contrario, en tal cantidad de principios que evita la posibilidad de definir el conjunto de observaciones que demostraría su falsedad. Nos hemos referido en el capítulo anterior a la presunta existencia de personalidades anales retentivas. Según el psicoanálisis, hay personas que en cierto momento de su infancia mantuvieron una curiosa relación con el cuarto de baño, el cual usaban para buscar el placer mediante la retención y expulsión de las heces. Dicha práctica anómala era causa, y tal vez consecuencia, de ciertos desarreglos psicológicos que han de pagar el resto de su vida. Estos trastornos se advierten en el adulto por una excesiva propensión al orden, la minuciosidad, la limpieza… Los anales retentivos son esas personas que alinean cuidadosamente los bolígrafos en el escritorio, ordenan sus libros por colores y tamaños y no soportan el más mínimo desorden en sus costumbres. Si usted ha quedado con un anal retentivo a las cinco en punto, no ha de preocuparse porque pueda hacerle esperar.

Algunas investigaciones han demostrado cierta relación entre diversas características que acabamos de mencionar. Las personas ordenadas suelen ser puntuales, minuciosas, etc., pero nadie ha demostrado jamás que en ciertos momentos de su más remota infancia tuvieran una relación estrambótica con el cuarto de baño. Usted podrá preguntarse entonces cómo hace el psicoanálisis para llegar a tan extraordinaria conclusión.

 

Podríamos plantear, tal vez, el siguiente tipo de investigación: estudiemos minuciosamente el control de esfínteres efectuado por niños de la edad prevista. En nuestra muestra habrá algunos que retengan los esfínteres más tiempo que otros (estas mediciones habrán de realizarse con los instrumentos adecuados y, en cualquier caso, el investigador no estará recién comido). Deberemos esperar unos años para comprobar si verdaderamente los niños identificados de aquella forma tienen unas características de personalidad más cercanas a la descripción propuesta por Freud que el resto de los niños de la muestra. Tras un trabajo de este tipo, y si encontrásemos la esperada relación, podríamos plantearnos sostener las afirmaciones de Freud. Pero Freud no hizo nada de esto. Para ello hubiese tenido que dedicar una considerable cantidad de esfuerzo y recursos (y también estómago) y esperar unos años a que los niños crecieran antes de publicar sus conclusiones. Pero lo más importante es que se habría arriesgado a encontrarse con que no tenía razón, es decir, tal vez no hubiese hallado relación alguna entre el control de esfínteres durante la infancia y la personalidad adulta. La vía elegida por Freud fue mucho más rápida y efectiva para sus intereses. Bastaba con enunciar sus ideas tal como se le ocurrían o, en el mejor de los casos, fundamentarlas en observaciones clínicas de adultos. Freud jamás observó la retención anal o el complejo de Edipo: los infirió del análisis de los pacientes que acudían ya crecidos a su consulta.

Hay varios problemas para considerar las observaciones clínicas realizadas por Freud como el fundamento de una teoría de la personalidad o de la mente. En primer lugar, es evidente que los pacientes que acuden voluntariamente — y pagando— a la consulta de un analista no son una muestra representativa de la población.

De entrada, con seguridad tendrán algún tipo de preocupación que les lleva a acudir a la consulta. Una teoría aplicable a toda la población no puede surgir de observaciones realizadas exclusivamente sobre estas personas. En segundo lugar, las observaciones clínicas no son más que colecciones de anécdotas sobre casos particulares. En el mejor de los casos, algún paciente en el que hayamos observado un comportamiento excesivamente minucioso y ordenado nos informará sobre ciertos problemas tenidos en su infancia en relación con sus propios excrementos. Aunque éste fuera el caso, tendríamos que calcular cuántas personas exhiben ese comportamiento adulto sin tales problemas infantiles o viceversa, y cuántas otras no presentan ninguna de las dos características. Decimos que éste sería el mejor de los casos, pero ni siquiera la prueba completa así hallada podría convencernos inequívocamente de la efectividad de la teoría. Sencillamente, estaríamos pidiendo a un grupo de adultos que recuerde hechos sucedidos en etapas muy tempranas de su infancia. Además, el psicoanálisis lo hace en una situación calificable, cuando menos, de atípica para la investigación, pues una figura con poder, como el analista, puede sugerir al paciente ciertas formas de comportamiento y ciertos recuerdos (volveremos sobre este asunto en el capítulo 4).

Tal vez se pregunte si los datos clínicos han de estudiarse con igual atención en el campo del psicoanálisis que en otros ámbitos de investigación. Desde luego, los ensayos clínicos se utilizan con frecuencia en medicina. Por ejemplo, cuando va a introducirse un nuevo medicamento en el mercado se requiere la aportación de ensayos clínicos que demuestren su eficacia. Pero estos ensayos se realizan de manera muy diferente a lo que se observa en la práctica psicoanalítica. Si un laboratorio quiere comercializar el compuesto químico X en forma de pastillas para el dolor de cabeza, deberá aportar ensayos clínicos en los que la eficacia de dicho compuesto se compare, al menos, con otras pastillas que tengan el mismo aspecto pero que carezcan del principio activo X (lo que se llama un control placebo). En algunos casos, se puede incluir en la comparación otros medicamentos que ya están comercializados para curar el mismo problema. Pero, además, es muy importante que se lleve a cabo un procedimiento en el que ni el paciente sometido al tratamiento o al placebo, ni el propio médico que administra el medicamento sepan si lo que está tomando y administrando contiene o no el principio activo (lo que se conoce como procedimiento de doble ciego).

Nada parecido a esto se da en el psicoanálisis. El psicoanalista carece de grupo de control sin tratamiento y, por supuesto, conoce perfectamente las hipótesis que desea comprobar antes de someterlas a prueba. Este conocimiento previo puede llevar con frecuencia al analista a buscar pruebas que confirmen las propias hipótesis. Numerosos estudios realizados en psicología han demostrado esta tendencia humana a la confirmación. Si un analista encuentra en un paciente ciertos rasgos relacionados con la personalidad anal retentiva tenderá a buscar otros que le confirmen su diagnóstico más que a fijarse en aspectos que podrían hacerle desechar su primera impresión. En este sentido, el psicoanalista tiene un comportamiento más parecido al de un curandero o un echador de cartas que al de un científico.

La tendencia a la confirmación parece ser una inclinación natural en el ser humano. No debemos suponer que los psicoanalistas están exentos de ella; no los criticamos por eso. Es natural que, a la hora de contrastar hipótesis, las personas empecemos dándolas por ciertas y buscando pruebas que las confirmen, en lugar de fijarnos en los casos que van en contra de tales hipótesis o demuestran su falsedad. Si las personas tuviéramos siempre una racionalidad impecable, tal vez el método científico no fuese necesario porque, al fin y al cabo, equivaldría al sentido común. Sin embargo, al no ser así, el método sirve para establecer las condiciones en que debemos comprobar los enunciados antes de sacar las conclusiones. Por ejemplo, si alguien piensa que una determinada marca de champú es buena para su cabello basándose, por ejemplo, en la publicidad o el prestigio de una marca, acudirá a comprar ese champú. Si le va bien, es muy probable que lo siga comprando y que piense que es el champú más adecuado para su cabello. No es probable que esta persona busque lo contrario probando las demás marcas de champú, y tampoco debemos esperar que lo haga. Sin embargo, su conclusión sobre la calidad del champú no puede considerarse científica. Es posible que otras marcas que no ha probado sean mejores, e incluso más baratas. No podemos ser perfectamente racionales en todas nuestras decisiones y, por lo mismo, nadie se considera un científico en todos los campos del saber y en todos sus comportamientos cotidianos. Precisamente por ello, el método científico sirve para evitar que en el campo de la ciencia se produzcan los mismos errores que cualquier persona comete en su vida cotidiana.

Por el contrario, la teoría psicoanalítica parece especialmente diseñada para fomentar la tendencia natural a la confirmación más que para intentar prevenirla. En el capítulo anterior nos hemos referido a los mecanismos de defensa del Yo, que le permiten a éste enfrentarse a los conflictos cotidianos. Podríamos decir que estos mecanismos son también defensores de la propia teoría psicoanalítica y permiten a los analistas enfrentarse a los conflictos teóricos que les pueden surgir en su práctica clínica.

 

Supongamos que un analista tiene la hipótesis de que un paciente suyo sufre precisamente de un trastorno anal retentivo de la personalidad. Dada esta situación, puede tratar de confirmar su diagnóstico preguntando al paciente, por ejemplo, si se considera una persona extremadamente ordenada. Desde luego, si el paciente responde afirmativamente, el analista dará por confirmado el diagnóstico pero, contra lo que dictaría el sentido común a la mayor parte de las personas (al menos a las que no han recibido instrucción psicoanalítica), si el paciente lo negase es posible que el analista diese también por confirmado el diagnóstico. Esto se debe a que la negación del síntoma puede haber sido motivada por la represión, uno de los mecanismos de defensa del Yo —y del psicoanálisis—. Podría suceder también que el paciente dijese: “Yo no, pero mi mujer sí es extremadamente ordenada”, en cuyo caso el analista podría recurrir al mecanismo de defensa de proyección para salvaguardar su diagnóstico, y así puede actuar ante casi cualquier respuesta que reciba por parte del paciente. Si el método científico ha surgido especialmente para evitar la propensión humana a dejarse llevar por ciertos engaños e ideas previas, el método psicoanalítico parece haber surgido para fomentar dicha tendencia.

Una consecuencia de esta manera de proceder es que las hipótesis psicoanalíticas tienen un ámbito de comprobación muy amplio: no es infrecuente que una observación y su contraria vengan a confirmar incluso la misma hipótesis. Además, el propio afán confirmatorio que todos padecemos nos lleva a interpretar las afirmaciones amplias y generales como si fuesen muy específicas. En psicología se conoce este fenómeno como efecto Barnum y es el que explica, por ejemplo, que las descripciones vagas y ambiguas que suele hacer la astrología nos parezcan, a veces, descripciones exactas de nuestra personalidad. Para darnos cuenta de que no se nos está diciendo nada si alguien nos dice: “Es usted una persona sensible que unas veces se encuentra de mejor humor que otras”, tenemos que pensarlo dos veces. De igual forma, un psicoanalista podrá encontrar indicios de complejo de Edipo en un hombre que manifiesta querer mucho a su madre u odiarla, haber sentido atracción por ella o repugnancia, etc. Es decir, prácticamente cualquier información confirma la existencia del complejo y ninguna demuestra su inexistencia.

Desde luego, no es así como se forma el conocimiento científico. Tal vez Freud tuvo buenas intuiciones que dieron lugar a párrafos coherentes, e incluso brillantes, pero eso no las convierte en teorías científicas. La ciencia se caracteriza por la provisionalidad de las teorías. Cualquier científico tiene en su mano elementos para refutar una teoría en su campo de especialización. Por el contrario, la intención de los psicoanalistas parece ser que nadie pueda refutar sus teorías, ni como un todo ni en alguna de sus partes. A pesar de ello, algunas propuestas del psicoanálisis parecen susceptibles de contrastación empírica y muchas han sido, efectivamente, sometidas a prueba. En este libro veremos varias de esas comprobaciones. Sin embargo, la respuesta del psicoanálisis ha sido generalmente recurrir a sus propios mecanismos de defensa; respuestas del tipo: “Pero eso no es verdadero psicoanálisis”. Este tipo de respuestas recuerdan el “argumento del verdadero escocés” que podemos ejemplificar en este diálogo:

— El whisky no se debe tomar con hielo porque los escoceses no lo toman con hielo.

— Pues yo tengo un amigo escocés que siempre bebe el whisky con hielo.

— Bueno, pero un “verdadero escocés” nunca tomaría el whisky con hielo.

En este argumento, el “verdadero escocés” se define por su tendencia a beber el whisky sin hielo, y esta tendencia se ve corroborada por la existencia de esos “verdaderos escoceses” definidos por ella: es decir, el argumento es claramente circular. Este tipo de argumentos es muy frecuente en el psicoanálisis; es consecuencia, normalmente, de que tanto los datos como sus explicaciones provienen de la misma situación: la situación clínica analítica. Si un psicólogo científico pretende investigar, por ejemplo, el efecto del autoritarismo paterno sobre el comportamiento de los hijos, tratará de medir, por una parte, dicho autoritarismo en los padres y, por otra, el estilo del comportamiento de los hijos. Una vez medidas independientemente ambas cosas podrá determinar si existe o no la relación predicha. Pero un psicoanalista enfrentado al mismo problema analizará generalmente sólo a una de las partes (por ejemplo, al hijo) e inferirá del mismo conjunto de observaciones tanto los problemas del hijo como el presunto autoritarismo paterno. Esta forma de proceder conduce continuamente a la circularidad: el propio Freud explicó a veces sus fracasos terapéuticos por una necesidad del paciente de estar enfermo. Dicha necesidad, desde luego, la había identificado él mismo a partir de su fracaso terapéutico.

El filósofo Mario Bunge no duda en incluir el psicoanálisis entre sus ejemplos favoritos de pseudociencias —es decir, falsas ciencias— junto a la astrología, el creacionismo, la ufología, etc. Como esas otras pseudociencias, el psicoanálisis reúne las características de ser, en sus palabras, “un montón de macanas que se vende como ciencia”. Entre esas características incluye las siguientes: invocar entes inaccesibles como el Superyó; no poner a prueba sus especulaciones (no existen laboratorios psicoanalíticos); ser dogmático (es decir, no cambia sus planteamientos teóricos a partir de datos adversos); rechazar la crítica; mantener ideas incompatibles con algunos de los principios más seguros de la ciencia (por ejemplo, según el psicoanálisis, la forma en que se adquieren las neurosis viola las leyes de aprendizaje más claramente constatadas, no sólo en la especie humana sino en muchas otras); no interactuar con las ciencias realmente existentes (no muestra interés por los resultados de la psicología experimental, y sus supuestos hallazgos no se publican en revistas científicas que sigan criterios estrictos); y no requerir un largo aprendizaje (para decir que la búsqueda del placer obedece al “principio del placer” no son necesarios largos estudios psicobiológicos).

Algunos eminentes psicoanalistas han respondido a argumentos como los anteriores afirmando que el psicoanálisis posee una naturaleza distinta de las disciplinas científicas y no tiene por qué someterse a sus reglas y métodos. A pesar de haber tenido una formación científica, el propio Freud desdeñó en ocasiones los trabajos experimentales sobre conceptos psicoanalíticos que llegaron a sus manos. Su planteamiento era que poco podía aportar ese tipo de trabajo al conocimiento del psicoanálisis ya que, en sus propias palabras, “la riqueza de las observaciones sólidas sobre las cuales descansan mis afirmaciones las hacen independientes de la verificación experimental”. Es como si alguien nos dijese que sus sólidas observaciones le hacen concluir que un kilo de madera pesa menos que un kilo de hierro, lo que hace su afirmación independiente de la báscula.

Si Freud hubiese pretendido que las aportaciones de su trabajo se valorasen exclusivamente en el ámbito de la literatura, nada tendría la ciencia que objetar. De hecho, en dicho campo literario su obra fue galardonada con la concesión del prestigioso premio Goethe. Pero Freud pretendió desarrollar, y así lo han hecho los psicoanalistas posteriores a él, una teoría sobre la personalidad y la mente, y en este campo existen otras teorías que sí se someten a las restricciones del método científico. No hay por qué tratar al psicoanálisis con mayor benevolencia, y en este libro no pretendemos otra cosa que aplicar los criterios científicos a los conceptos psicoanalíticos en la misma medida que a cualquier otra propuesta psicológica.

 

El sueño de la interpretación

Una tarde, una chica adolescente le contó a un señor de edad avanzada varias historias. La chica se había golpeado con la araña del techo de su casa haciéndose sangre. Además, había tenido una conversación con su madre sobre cómo se le estaba cayendo el pelo. Su madre decía que a ese paso la cabeza se le quedaría monda como un trasero. También dijo haber observado, mientras paseaba por el campo, el hueco de un árbol arrancado. Por último, la chica se había fijado en el cajón de su escritorio, tan familiar para ella que hubiese advertido cualquier cambio en su contenido.

Por su parte, el señor de edad avanzada dijo que la araña del techo era un inequívoco símbolo del pene, que produce el sangrado de la menstruación precisamente en una zona cercana al trasero mencionado por la madre. El árbol arrancado es una clara representación de la nostalgia por la pérdida de los genitales masculinos, de los que la chica podría haber gozado si fuese varón. El cajón, como cualquier recipiente, no es sino la vagina de la propia chica, en la que alguien podría advertir de algún modo la intervención ajena.

Tal vez encuentre la narración primera un tanto extraña. Las historias referidas por la adolescente son algo peculiares pues no se trata de sucesos reales sino de sueños. Mucho más llamativos son, sin duda, los comentarios del señor de edad avanzada, que no era otro que Sigmund Freud.

Uno de los aspectos más conocidos del psicoanálisis es la interpretación de los sueños. Su fama no es injusta pues Freud le dio siempre bastante importancia: los sueños eran para él una ventana abierta al inconsciente. Aunque los sueños están hechos generalmente de recuerdos del día anterior, en ellos las personas satisfacemos nuestros deseos sin que la realidad o nuestra propia conciencia nos lo impida. Además, para el analista resulta muy útil que el paciente cuente sus sueños ya que al contarlos lleva a cabo una segunda elaboración de su contenido, es decir, no los cuenta tal como sucedieron sino como son elaborados en la sesión de análisis.

Los sueños han sorprendido seguramente a las personas desde tiempos remotos y no han sido pocos quienes se han visto tentados a buscarles alguna interpretación, a menudo como premoniciones de lo que podría suceder o incluso como vía de comunicación con la divinidad o con entes de otro mundo. Freud no atribuyó a los sueños estas propiedades, pero no por ello los abordó de manera menos mitológica. La razón para ello es que el inconsciente no se expresa en el sueño de una manera directa y simple sino a través de un lenguaje metafórico. Estudios recientes indican que menos del 10% de los sueños tiene contenido sexual; sin embargo, el psicoanálisis interpreta la mayor parte de los sueños como relacionados íntimamente con el deseo sexual. Esto no es una contradicción para el psicoanálisis, precisamente porque los sueños no hablan claro. En ninguno de los sueños que aquella adolescente contó a Freud hay referencia directa al sexo; sin embargo, todos ellos fueron interpretados por él como expresiones de clara referencia sexual. El problema con este tipo de interpretaciones es que cuesta establecer si la orientación hacia la sexualidad está en la mente de la paciente o en la del analista.

No existen pautas generales para la interpretación de los símbolos que aparecen en los sueños, pero algunos resultan inequívocos para un psicoanalista. Por ejemplo, los objetos alargados suelen representar el órgano sexual masculino, mientras que los redondeados y huecos representan el femenino. Esta interpretación metafórica no es, desde luego, exclusiva del trabajo de Freud. El lenguaje cotidiano suele emplear metáforas de este tipo para referirse, indirectamente, a los genitales o para evitar palabras malsonantes. Incluso algunos estudios lingüísticos recientes indican que el género gramatical masculino se aplica en castellano, por regla general, más bien a objetos puntiagudos y angulosos, mientras que el femenino tiende a aplicarse a objetos redondeados (por ejemplo: el tenedor y la cuchara).

 

Pero las metáforas son amigas desleales para los científicos. Cualquier sueño puede incluir objetos alargados o redondeados, sobre todo si el criterio es tan amplio que incluye una lámpara de araña entre las posibles representaciones del pene. Usted puede hacer el ejercicio de mirar a su alrededor y pensar cuántos de los objetos que ve podrían interpretarse como símbolos sexuales en caso de que soñara con ellos… ¡y con algo hay que soñar! Además, el sueño pasa por varias reinterpretaciones entre la cama del paciente y el informe del psicoanalista. En primer lugar, Freud, a diferencia de otros investigadores anteriores que habían trabajado en la interpretación de los sueños —y, desde luego, todos los científicos posteriores—, nunca se preocupó por recoger la información del sueño tan pronto como tenía lugar. El paciente no tiene una libretita en la mesilla de noche para anotar sus sueños nada más despertarse, sino que se los cuenta al analista durante la sesión, días, meses o años después. La memoria humana no es una cinta de grabación. Cada vez que traemos un suceso a la conciencia lo reinterpretamos de alguna manera, especialmente cuando el suceso recordado no es especialmente coherente, y ése es el caso de los sueños. Al recordarlos, les aportamos una coherencia de la que probablemente carecían en origen. Y al referirlos al analista, volvemos sobre este proceso de elaboración. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que la mayoría de los pacientes que acuden a las sesiones de psicoanálisis ha leído algo sobre teoría freudiana, lo que les llevará a seleccionar unos materiales oníricos y no otros en función de las expectativas atribuidas al analista.

El estudio de los sueños es un buen ejemplo de la diferencia de ritmo entre la investigación científica y la pseudocientífica. En su extensa obra del año 1900, La interpretación de los sueños, Freud tuvo oportunidad de elaborar una explicación bastante completa sobre los sueños. Por el contrario, la ciencia sigue actualmente sin tener demasiado clara la función de los sueños y el origen de su contenido. Eso sí, desde aquella obra de Freud el psicoanálisis apenas ha añadido otras aportaciones que notas a pie de página. A partir del descubrimiento de las fases del sueño REM y no REM, en la década de 1950, se han producido numerosos avances tanto en el campo de la neurociencia como de la psicología. Pero como la ciencia no es dogmática, a diferencia de la pseudociencia, aún no existe acuerdo sobre algunos puntos.

La investigación de los sueños es compleja. Para realizarla en situaciones controladas es necesario disponer de laboratorios en los que las personas puedan dormir. Además, los sueños son relativamente espontáneos y los investigadores pueden tener dificultades para establecer el momento de su aparición. Sin embargo, algo se ha avanzado. Parece que durante el sueño existe cierta desconexión entre distintas zonas del cerebro. En concreto, las que almacenan los recuerdos de los hechos vividos durante el día, las imágenes observadas, etc., quedan aisladas hasta cierto punto de las áreas de la corteza cerebral relacionadas con la planificación y la interpretación. Una hipótesis sobre la experiencia onírica es que en nuestro cerebro se activan imágenes y experiencias de una manera bastante descontrolada y casi azarosa. Nuestra mente, privada en gran parte de la estimulación sensorial externa y de los parámetros temporales y espaciales, recibe una serie de datos inconexos a los que trata de dar sentido de alguna manera. Desde luego, esta visión del mundo de los sueños es menos atractiva que la que proponía que durante ellos las personas tratan de satisfacer sus más oscuros deseos. Sin embargo, esta atractiva hipótesis —la psicoanalítica— es una pura elucubración sin fundamento científico alguno. Además, tampoco queda claro cuál es el propósito de que en los sueños nuestro cerebro represente simbólicamente realizaciones de deseos. Deberíamos pensar entonces que durante miles de años, en las frías noches de la sabana africana, los seres humanos han estado produciendo una serie de mensajes en clave que habían de esperar al feliz descubrimiento del psicoanálisis para ser descifrados.

Desde el punto de vista del psicoanálisis no queda claro el objetivo de los sueños: ¿por qué soñamos? En principio, cabría plantear dos posibilidades: o bien la mente obtiene algún beneficio de la realización de los deseos no satisfechos durante la vigilia, o bien no lo obtiene. En caso de obtenerlo, tales realizaciones se harían de forma inteligible para el sujeto. Es decir, si una persona saca algún provecho de soñar con los genitales masculinos, no soñaría con una lámpara de araña. Si no obtuviera un beneficio, ¿qué objeto tendría soñar con elementos en clave que habrían de esperar hasta finales del siglo XIX para cobrar sentido?

 

Nada es lo que parece: el inconsciente.

Con cierta frecuencia, en realidad casi todos los días, María pasa un rato dedicada a una curiosa actividad. Ella no lo recuerda pero cuando tenía cinco años la realizó por primera vez junto a su padre. María ni siquiera sabe cómo es capaz de hacerlo. Podría decirse que algunas de las cosas que hace durante ese rato son totalmente inaccesibles a su conciencia. Si le preguntamos el procedimiento que sigue, le costará bastante darnos una explicación. Es más, según los hallazgos de la neuropsicología moderna, si María tuviese una lesión en ciertas zonas del cerebro, ni siquiera sería capaz de nombrar esa actividad ni de recordar haberla realizado alguna vez en su vida, pero sería capaz de seguir haciéndola exactamente de la misma forma. Tal vez usted se sienta defraudado al saber que la actividad a la que nos referimos es la de montar en bicicleta.

Todos realizamos diariamente actividades de las que no recordamos el momento en que las aprendimos y que realizamos de forma automática y sin conciencia expresa del procedimiento. Tal vez por ser evidente, este hecho no ha recibido una especial atención en la historia del pensamiento, aunque muchos autores se han referido a él. Spinoza, por ejemplo, decía que “los hombres creen ser libres simplemente porque son conscientes de sus acciones e inconscientes de las causas por las cuales están determinadas estas acciones”. Pero todo el mundo asocia el descubrimiento del inconsciente con la figura de Sigmund Freud. Quizá la principal razón sea que nunca empleó ejemplos tan triviales como montar en bicicleta.

La actual psicología cognitiva ha estudiado muy extensamente gran cantidad de procesos inconscientes, pero nunca ha especulado con la existencia de una entidad casi con vida propia, como una especie de hombrecillo que vive dentro de nosotros, como hace el psicoanálisis, un hombrecillo pícaro y egoísta que busca el placer por encima de todo y que a menudo nos juega malas pasadas, como en lapsus lingüísticos como éste:

— ¿Estado civil?

— Cansado.

Freud trató de explicar errores de este tipo al suponer que en ellos emergen elementos reprimidos de nuestra conciencia. Cuando alguien comete un lapsus como el anterior estaría abriéndonos una ventana a su inconsciente, es decir, a sus verdaderos deseos ocultos. Por ejemplo, la persona que responde “cansado” a la pregunta por su estado civil estaría expresando en realidad algo que es incapaz de reconocer conscientemente: que se encuentra harta de su matrimonio. En este sentido, el lapsus freudiano es un acto impúdico: nudismo mental. Quien comete uno de estos lapsus está mostrando algo que le gustaría ocultar o incluso que él mismo desconoce. La explicación de los lapsus lingüísticos es un buen ejemplo de la concepción del psicoanálisis de la estructura de la mente como una especie de campo de batalla con tres bandos: el Yo trataría de expresarse de una forma más o menos razonable, el Superyó procuraría evitar que se dijesen cosas inapropiadas o contrarias a las convenciones sociales, y el Ello, el hombrecillo malicioso, se colaría por las rendijas para hacer ver a todo el mundo sus verdaderas intenciones. Como un exhibicionista, aprovecharía cualquier descuido del hablante para proclamar: “No soporto a mi mujer”, y salir corriendo.

El estudio de los errores es una buena fuente de información sobre el funcionamiento de cualquier proceso. La forma como se producen los olvidos nos dice mucho sobre el funcionamiento de la memoria y las falacias en que incurren las personas nos hablan de cómo hacen para razonar cotidianamente. En el estudio de la producción del lenguaje, una de las fuentes de información más utilizada ha sido tradicionalmente la de los lapsus lingüísticos. Las explicaciones de la psicología científica no son aquí tampoco tan llamativas como las del psicoanálisis, pero son la base de algunos de los principales modelos teóricos sobre producción del lenguaje, es decir, sobre cómo hacemos para hablar. En estos modelos se contemplan varios niveles o subprocesos que operan de modo más o menos independiente y dan lugar a interesantes influencias mutuas. Por ejemplo, en la producción errónea de la palabra

 

“cansado” influiría especialmente el nivel fonológico, puesto que esta palabra se parece mucho a “casado”, que sería la producción correcta. Evidentemente, una persona soltera, por más harta que esté de su soltería, no dirá que su estado civil es “cansado” en lugar de “soltero”. El parecido entre el sonido de las palabras tiene una gran relevancia en los lapsus lingüísticos y así se ha demostrado en numerosos estudios (eso sí, estudios que emplean un adecuado control experimental y que no se basan en meras intuiciones realizadas en un despacho o junto a un diván).

Esto no quiere decir que el nivel fonológico sea el único que interviene en los errores lingüísticos. También lo hace en gran medida el nivel semántico o del significado. Por ejemplo, si manipulamos adecuadamente el contexto de una frase, puede suceder que cualquier palabra introducida en dicho contexto adquiera el significado que propicia la frase. Si decimos: “Entre los milagros de Jesucristo se encuentra hacer hablar a los ciegos”, usted se dará cuenta de que es necesario pensar dos veces esta frase para advertir que el hecho de que hablen los ciegos no es un fenómeno particularmente milagroso. En los errores de comprensión y producción del lenguaje participan, por tanto, elementos relacionados con el contexto y éste se ve influido por las intenciones del hablante, pero esto no significa que los lapsus sean manifestaciones de una voz oculta dentro de nosotros. Muy recientemente, la ministra de Agricultura y Pesca del gobierno de España tuvo la triste misión de decir unas palabras sobre unos pescadores desaparecidos en el mar. En tal circunstancia cometió un lapsus al decir que aún se albergaban esperanzas de “encontrar con vida a los cinco cadáveres” de los marineros desaparecidos. Evidentemente, en este lapsus influye su propio pensamiento sobre la dureza de la situación (factores semánticos y de expectativas), pero en ningún modo se le puede atribuir algún tipo de intención oculta y maligna sobre el destino de los pescadores.

Como hemos dicho, múltiples actividades cotidianas se realizan de forma inconsciente. Entre ellas, casi todas las que tienen que ver con la comprensión y producción del lenguaje. Nadie busca el significado de las palabras en su mente de una forma consciente e intencional como lo haría en un diccionario. En realidad, no sabemos cómo lo hacemos y tampoco cómo somos capaces de darnos cuenta inmediatamente si en una oración aparece un error de sintaxis. Por ejemplo, si una frase empieza diciendo: “Pedro venía por…” el oyente espera una designación de lugar o de tiempo (como “la calle” o “la tarde”) porque la frase demanda un complemento circunstancial y resultaría muy extraño que apareciera cualquier otra cosa (como “Pedro venía por favor”). Pero para hacer esto no es necesario llevar a cabo un análisis sintáctico consciente de la estructura de la frase. Cualquier persona es capaz de asimilar la sintaxis de su lengua nativa sin esfuerzo y mientras realiza cualquier otra tarea. Podemos hablar mientras caminamos, conducimos o vemos la tele. Este proceso es lo bastante llamativo, cuando pensamos detenidamente en él, como para no tener que recurrir a la existencia de un inconsciente intencionalmente malicioso para que el estudio de la mente nos resulte estimulante.

Es inexacta la afirmación por parte del psicoanálisis de que la psicología científica ha excluido lo inconsciente de su objeto de estudio. Tal vez el error provenga de que durante mucho tiempo la psicología científica ha estado dominada por la corriente conductista, la cual consideraba que sólo la conducta observable podía ser un riguroso objeto de estudio. Sin embargo, ni siquiera los conductistas más radicales como Skinner negaron la existencia de variables inconscientes. En sus propias palabras, “todo comportamiento es fundamentalmente inconsciente, en el sentido de que se elabora y se mantiene aprovechando unas contingencias eficaces incluso cuando no son objeto de ninguna observación ni de ningún análisis”. Es cierto que la psicología científica ha recurrido esencialmente al comportamiento observable como principal resultado medible de la actividad mental: no podía ser de otra forma si se querían obtener resultados objetivos. Pero a partir de estos datos se han desarrollado, sobre todo en los últimos años, interesantes conjeturas y teorías sobre el funcionamiento, tanto consciente como inconsciente, de la mente.

La diferencia esencial entre la concepción psicoanalítica del inconsciente y el punto de vista científico sobre los procesos no conscientes es que el psicoanálisis dota al inconsciente de una especie de vida propia, mientras que la psicología científica no lo trata como una entidad independiente sino como una característica de ciertas actividades, por lo demás bastante frecuentes. Sin embargo, aquello de lo que no tenemos conciencia parece gozar popularmente de un estatus especial, casi fantasmagórico, lo que hace que a veces se propaguen ideas inexactas sobre el poder real de lo inconsciente.

A finales de la década de 1950 se hicieron muy populares los resultados de un trabajo realmente novedoso en el campo de la publicidad llevado a cabo por James Vicary, que no era psicólogo sino un investigador de mercados. Durante la proyección de una película se proyectaron, supuestamente, anuncios de una famosa bebida carbónica (“Beba Coca-Cola”). Lo novedoso era que los anuncios eran proyectados durante menos de una décima de segundo y a intervalos de cinco segundos. En una proyección tan rápida, los espectadores no llegaban a tener conciencia de haber visto el mensaje publicitario; sin embargo, al parecer, el consumo de esta bebida aumentó notablemente después de la proyección. La mayor parte de los experimentos psicológicos no adquiere relevancia social alguna; sin embargo, hay experimentos como éste que acabamos de citar que ejercen un notable impacto popular e incluso consiguen cambiar las leyes de algunos países, a pesar de que no se han realizado nunca o sus resultados han sido claramente tergiversados. En efecto, varios países se apresuraron a desarrollar una legislación sobre publicidad subliminal. No podía consentirse que los consumidores fueran marionetas en manos de aquellos publicistas capaces de hurgar directamente en su inconsciente. Los resultados no pudieron reproducirse nunca y el propio autor del estudio afirmó que la difusión de aquellos resultados no era sino una campaña publicitaria de la propia bebida que se anunciaba, pero no por esto se detuvieron los planteamientos conspiranoicos sobre cómo podíamos ser manipulados por gobiernos, sectas y multinacionales mediante la publicidad subliminal.

Esto no quiere decir que la información subliminal no pueda tener algún efecto sobre la conducta, pero tal efecto no tiene un carácter demasiado especial respecto a la información conscientemente percibida. Numerosos estudios (probablemente miles) indican que la lectura o audición de palabras, así como la visión de rostros u otros objetos, puede afectar a una tarea posterior por un efecto de anticipación. Es decir, si nos presentan, por ejemplo, una palabra durante un período de tiempo tan corto que no fuésemos conscientes de haberla percibido, esta palabra no por ello dejará de influir en el tiempo de lectura de la siguiente palabra presentada en una serie (por ejemplo, leeremos “blanca” más rápido después de leer “nieve” que después de leer “noche”). Pero en ningún modo lo hará en mayor medida de lo que lo haría la misma palabra presentada durante un intervalo lo bastante largo como para ser percibida conscientemente.

En un estudio reciente dirigido por el profesor Winkielman, de la Universidad de California en San Diego, se presentó a un grupo de personas fotografías de caras, sonrientes una veces y enfadadas otras, y se midió la cantidad de refresco que esas personas se servían después de cada presentación. Parece ser que las caras sonrientes inducían un estado de ánimo más afable y que esto afectaba al comportamiento aumentando la cantidad de bebida ingerida. Sin embargo, sólo sucedió cuando los participantes en aquella investigación tenían sed. Nadie pudo ser sugestionado sin sed mediante información subliminal. Además, la percepción consciente de rostros alegres influye también de igual manera (como saben todos los anunciantes, que no suelen utilizar caras depresivas en sus anuncios). En la información inconsciente no parece haber nada tan extraordinario que pueda anular nuestra voluntad.

En otro estudio se sometió a un grupo de personas a una tarea que consistía en apretar un dispositivo capaz de medir la presión sobre él y obtener una recompensa, que podía ser de una libra esterlina o un penique. En algunos ensayos se proyectaba subliminalmente la imagen de una libra o de un penique antes de que la persona apretara el dispositivo. Los participantes apretaron más fuerte cuando se les presentó la imagen de la moneda de mayor valor, a pesar de que no eran capaces de informar sobre qué tipo de imagen se les había proyectado. Este efecto de la información inconsciente es realmente interesante para entender el funcionamiento de la mente, pero un dato importante a tener en cuenta es que no es un efecto exclusivo de la información inconsciente. De hecho, en este mismo estudio, cuando los estímulos se presentaban durante el tiempo suficiente para ser conscientemente registrados por los sujetos, la influencia de la cuantía del premio (una libra o un penique) fue aún mayor.

 

Es resumen, hay pruebas de que la información inconsciente puede influir en nuestro comportamiento. Sin embargo, no lo hace de una manera misteriosa o revelando la mano oculta de nuestros más inconfesables deseos, sino de una manera muy similar a como opera la información consciente, aunque frecuentemente más atenuada.

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