Biblioteca Escéptica

Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe (Richard Dawkins)

Posted by Biblioteca Escéptica en diciembre 14, 2009

“Si sólo hay un creador que hizo al tigre y al cordero, al guepardo y a la gacela, ¿a qué está jugando? ¿Es un sádico que disfruta siendo espectador de deportes sangrientos?”

Otras frases de Richard Dawkins

Dawkins1Una breve biografía del autor

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USA, país que fue fundado en el laicismo como faro de la Ilustración del siglo XVIII, se está convirtiendo en víctima de la política religiosa, una circunstancia que hubiera horrorizado a los fundadores de la nación. El poder político de hoy en día concede más valor a las células embrionarias que a las personas adultas. Se obsesiona con el matrimonio de homosexuales, en lugar de preocuparse por temas verdaderamente importantes que suponen una diferencia para el mundo. Obtiene un apoyo electoral crucial de unos ciudadanos religiosos con tan poco sentido de la realidad que creen que van a “ascender” al cielo, quedando sus vestimentas tan vacías como sus mentes. Otros especímenes más extremos anhelan una guerra mundial, que identifican con el Apocalipsis que presagia el Segundo Advenimiento. Sam Harris, en su nuevo y breve libro Carta a una nación cristiana [Letter to a Christian Nation] da en el clavo, como siempre:

“Por lo tanto, no es exagerado afirmar que si la ciudad de Nueva York fuera súbitamente reemplazada por una bola de fuego, un porcentaje significativo de la población usamericana vería un halo de esperanza en el subsiguiente hongo nuclear, pues sugeriría que iba a suceder lo mejor que jamás pudiera ocurrir: el regreso de Cristo… Imagínense las consecuencias si una parte significativa del gobierno de USA realmente pensara que el mundo está a punto de acabarse y que el fin va a ser glorioso. El hecho de que casi la mitad de la población usamericana aparentemente se lo cree, basándose simplemente en el dogma religioso, debería considerarse una emergencia moral e intelectual.”

¿Comprueba Bush diariamente el índice de ascensiones, como hacía Reagan con el horóscopo? No lo sabemos, pero ¿acaso alguien se sorprendería?

Mis colegas científicos tienen razones añadidas para declarar una emergencia. Los ataques a la investigación sobre células madre, ignorantes y absolutistas, no son más que la punta del iceberg. Estamos ante nada menos que un ataque global a la racionalidad y a los valores de la Ilustración que inspiraron la creación de la primera y más grande de las repúblicas laicas. La educación científica, y con ella el futuro de la ciencia en este país, está amenazada. Derrotada provisionalmente en un juzgado de Pennsylvania, la “pasmosa estupidez” (frase inmortal del juez John Jones) del “diseño inteligente” sigue aflorando continuamente. Atajarla es una responsabilidad que nos lleva mucho tiempo pero que es importante, y los científicos están empezando a salir de su autocomplacencia. Durante años han seguido tranquilamente con su ciencia, subestimando de forma lamentable a los creacionistas que, sin aptitud ni interés por la ciencia, se han dedicado a la muy seria labor política de subvertir a las juntas escolares locales. Los científicos, y los intelectuales en general, están ahora tomando conciencia de esta amenaza que nos viene de los talibanes usamericanos.

Los científicos se dividen en dos campos según lo que consideran la mejor estrategia para enfrentarse a la amenaza. La corriente de opinión de Neville Chamberlain, favorable del apaciguamiento, se centra en la batalla de la evolución. En consecuencia, sus miembros identifican al fundamentalismo como el enemigo y hacen ingentes esfuerzos por apaciguar la religión “moderada” o “sensata” (lo cual no es una tarea difícil, pues los obispos y los teólogos desprecian a los fundamentalistas tanto como los científicos). En cambio, los científicos de la corriente de Winston Churchill, consideran que la lucha por la evolución no es más que una batalla en una guerra más amplia: una guerra que se avecina entre el supernaturalismo por un lado y la racionalidad por otra. Para ellos, los obispos y los teólogos están, junto con los fundamentalistas, en el bando de lo supernatural, y no es cuestión de apaciguarlos.

La escuela de Chamberlain acusa a los churchilianos de sacudir el bote hasta el extremo de enturbiar las aguas. El filósofo de la ciencia Michael Ruse escribió:

“Nosotros, que amamos la ciencia, tenemos que darnos cuenta de que el enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo. Es demasiado frecuente que los evolucionistas dediquen tiempo a insultar a quienes podrían ser sus aliados. Esto vale sobre todo para los evolucionistas laicos. Los ateos pasan más tiempo atacando a cristianos bien dispuestos que enfrentándose a los creacionistas. Cuando Juan Pablo II escribió una encíclica en la que aprobaba el darwinismo, la respuesta de Richard Dawkins se redujo a acusarle de hipocresía, a decir que era imposible que fuera sincero al referirse a la ciencia, y Dawkins afirmó que él prefería a un fundamentalista honrado.”

Un reciente artículo de Cornelia Dean publicado en el New York Times cita al astrónomo Own Gingerich cuando dice que, al propugnar simultáneamente la evolución y el ateísmo, “el Dr. Dawkins probablemente está consiguiendo lograr más adeptos al diseño inteligente que cualquiera de los principales teóricos del diseño inteligente”.

No es la primera, no es la segunda, no es ni siquiera la tercera vez que se hace esta observación absolutamente estúpida.

Los chamberlainitas suelen citar el principio del difunto Stephen Jay Gould: NOMA, non-overlapping magisteria, “magisterios que no se superponen”. Gould mantenía que la ciencia y la auténtica religión nunca entran en conflicto porque habitan dimensiones del discurso totalmente separadas:

“Se lo digo a todos mis colegas, y lo repito por enésima vez (tanto en reuniones estudiantiles como en tratados eruditos): sencillamente, la ciencia no puede zanjar con sus métodos legítimos la cuestión de la posible supervisión de la naturaleza por parte de Dios. Ni lo afirmamos ni lo negamos; sencillamente, no podemos pronunciarnos sobre ello como científicos.”

Suena estupendamente, hasta que uno se para a pensar un momento sobre ello. Entonces, se da cuenta de que la presencia de una deidad creadora en el universo es claramente una hipótesis científica. De hecho, es difícil imaginarse, en toda la ciencia, una hipótesis más trascendental. Un universo con un dios sería un tipo de universo totalmente diferente de un universo sin dios, y la diferencia sería científica. Dios podría resolver el asunto a su favor en cualquier momento montando una demostración espectacular de sus poderes, algo que pudiera satisfacer incluso los exigentes estándares de la ciencia. Incluso la Templeton Foundation, de triste fama, reconoció que Dios es una hipótesis científica: financiando ensayos con doble enmascaramiento para averiguar si las oraciones a distancia podían acelerar la recuperación de pacientes enfermos del corazón. Por supuesto, el resultado fue negativo, aunque un grupo de control que sabía que habían rezado por ellos más bien empeoró (¿qué tal si se entabla una demanda colectiva contra la Templeton Foundation?). A pesar de esfuerzos como éstos, que tanta financiación han recibido, no se han hallado aún pruebas de la existencia de Dios.

Para apreciar la hipocresía de las personas creyentes que aceptan el principio NOMA, imagínense que unos arqueólogos forenses descubrieran, por casualidad, unas pruebas basadas en el ADN que demostraran que Jesús nació de una madre virgen y que no tenía padre. Si los entusiasta del NOMA fueran sinceros, deberían rechazar el ADN del arqueólogo sin dudarlo: “Es irrelevante. Las pruebas científicas no tienen ninguna relación con las cuestiones teológicas. Magisterio equivocado.” ¿Acaso alguien se cree, de verdad, que iban a decir algo de ese estilo? Podemos apostarnos lo que sea a que no sólo los fundamentalistas, sino todos los profesores de teología y todos los obispos del país proclamarían a los cuatro vientos la evidencia arqueológica.

O bien Jesús tenía padre o no lo tenía. La cuestión es una cuestión científica, y se usarían pruebas científicas, de haberlas, para zanjarla. Lo mismo vale para cualquier milagro; y la creación deliberada e intencionada del universo tendría que haber sido la madre y el padre de todos los milagros. O bien ocurrió o bien no ocurrió. Se trata de un hecho, así o asá, y en nuestro estado de incertidumbre le podemos asignar una probabilidad; una estimación que puede ir variando a medida que se acumula más información. La mejor estimación, por parte de la humanidad, de la probabilidad de la creación divina se redujo considerablemente en 1859 con la publicación del Origen de las especies, y a lo largo de las décadas subsiguientes ha seguido reduciéndose, mientras la evolución se consolidaba en el siglo XIX como teoría plausible, hasta llegar a convertirse, en la actualidad, en un hecho demostrado.

La táctica de los chamberlainitas de ponerse a buenas con la religión “razonable”, a fin de presentar un frente unido frente a los creacionistas (“diseño inteligente”), no es mala si nuestra preocupación central es la batalla por la evolución. Se trata de una preocupación válida y aplaudo a quienes la defienden, como Eugenie Scott en Evolución frente a Creacionismo [Evolution versus Creationism]. Pero si nos preocupa la formidable cuestión científica de si el universo fue o no creado por una inteligencia supernatural, entonces las líneas divisorias pasan por otro sitio. Tratándose de esta cuestión más amplia, los fundamentalistas están en el mismo bando que la religión “moderada” y yo me encuentro en el bando opuesto.

Por supuesto, se está presuponiendo que el Dios del que hablamos es una inteligencia personal tal como Yavé, Alá, Baal, Wotan, Zeus o Hare Krishna. Si por “Dios” entendemos amor, naturaleza, bondad, el universo, las leyes de la física, el espíritu de la humanidad o la constante de Planck, todo lo anterior carece de sentido. Una estudiante usamericana preguntó a su profesor si tenía alguna opinión sobre mí. “Claro que sí”, le respondió aquél. “Está absolutamente convencido de que la ciencia es incompatible con la religión, pero se extasía con la naturaleza y el universo. Para mí, ¡eso es religión!” En efecto, si eso es lo que se entiende por religión, muy bien, entonces soy un hombre religioso. Pero si tu Dios es un ser que diseña universos, escucha plegarias, perdona pecados, hace milagros, lee tus pensamientos, se preocupa por tu bienestar y te resucita de los muertos, entonces no es probable que te sientas satisfecho. Como dijo el célebre físico usamericano Steven Weinberg, “Si quieres decir que ‘Dios es energía’ entonces puedes encontrar a Dios en un pedazo de carbón”. Pero no cuentes con que vas a llenar tu iglesia de fieles.

Cuando Einstein dijo “¿Tenía Dios una opción cuando creó el universo?”, lo que quería decir es “El universo, ¿se podría haber iniciado de más de una manera?” “Dios no juega a los dados” fue una expresión poética de Einstein para mostrar su duda sobre el principio de indeterminación de Heisenberg. Es sabido que Einstein se molestó cuando los teístas interpretaron esta afirmación como creencia en un Dios personal. Pero, ¿qué esperaba? Debía haber sido palpable para él el ansia de malentendidos. Los físicos “religiosos” normalmente resulta que lo son sólo en el sentido einsteiniano: son ateos con un temperamento poético. También yo lo soy. Sin embargo, dado este anhelo de malentendidos, tan extendido, el confundir deliberadamente el panteísmo einsteiniano con la religión sobrenatural es un acto intelectual de alta traición.

Si aceptamos pues que la hipótesis de Dios es una hipótesis científica propiamente dicha, a cuya verdad o falsedad no tenemos acceso simplemente por falta de pruebas, ¿cuál debería ser nuestra mejor estimación de la probabilidad de que Dios existe, dadas las pruebas de las que disponemos en estos momentos? En mi opinión, la probabilidad es bastante reducida, y a continuación explico por qué.

En primer lugar, la mayoría de los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios, desde Tomás de Aquino, son fáciles de desmontar. Varios de ellos, por ejemplo el argumento de la primera causa, se basan en una regresión infinita que llega a su fin con Dios. Pero nadie nos explica por qué Dios, misteriosamente, es capaz de poner fin a las regresiones infinitas sin requerir él mismo una explicación. Ciertamente, necesitamos algún tipo de explicación para el origen de todas las cosas. Los físicos y los cosmólogos se dedican a esta ardua labor. Pero cualquiera que sea la respuesta (una fluctuación cuántica aleatoria, o una singularidad Hawkings/Penrose o como quiera que acabemos llamándola), será simple. Por definición, las cosas complejas, estadísticamente improbables, no ocurren así sin más; necesitan ser explicadas. No son capaces de poner fin a las regresiones infinitas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas simples. La primera causa no puede haber sido una inteligencia, por no hablar de una inteligencia que responde a plegarias y le gusta ser adorada. Las cosas inteligentes, creativas, complejas, estadísticamente improbables aparecen tardíamente en el universo, como producto de la evolución o de algún otro proceso de escalada gradual a partir de un principio simple. Aparecen tardíamente en el universo y por tanto no pueden ser responsables de su diseño.

Otro de los esfuerzos de Tomás de Aquino, la vía de los grados de perfección, merece la pena ser expuesto con detalle, pues es un típico ejemplo de la debilidad del razonamiento teológico. Tomás de Aquino dijo que nosotros percibimos grados, pongamos por caso, de bondad o temperatura, y los medimos por referencia a un máximo:

“Ahora bien, el máximo de cualquier género es la causa de todo en dicho género; así el fuego, que es el máximo del calor, es la causa de todas las cosas calientes . . . Por tanto, debe existir algo que sea para todos los seres la causa de su ser, bondad, y cualquier otra perfección; y eso es lo que llamamos Dios.”

¿Eso se considera un argumento? Por la misma razón podríamos decir que la gente varía en cuanto a su olor, pero que sólo podemos juzgarlos por referencia a un máximo perfecto de olor concebible. Por tanto, debe existir un ser oloroso preeminente sin parangón, y lo llamamos Dios. Se puede utilizar cualquier otra dimensión comparativa que se desee, para derivar una conclusión igualmente fatua. A eso lo llaman teología.

El único de los argumentos tradicionales a favor de Dios que se emplea ampliamente en la actualidad es el argumento teleológico, llamado a veces “argumento del diseño”, si bien (dado que el nombre da por sentada la cuestión de su validez) debería llamarse más bien “argumento a favor del diseño”. Se trata del familiar argumento “del relojero”, que sin duda es uno de los malos argumentos más superficialmente plausibles jamás descubiertos; y que casi todo el mundo redescubre hasta que se les hace ver la falacia lógica y la brillante alternativa de Darwin.

En el mundo familiar de los artefactos humanos, las cosas complicadas que tienen apariencia de haber sido diseñadas han sido diseñadas. Para un observador ingenuo, parece deducirse que las cosas del mundo natural de similar complejidad que parecen diseñadas, como los ojos o los corazones, también han sido diseñadas. No se trata solamente de un argumento por analogía. Aquí hay una apariencia de razonamiento estadístico; es falaz, pero comporta una ilusión de plausibilidad. Si barajamos un millón de veces al azar los fragmentos de un ojo o de una pierna o de un corazón, ya tendríamos suerte e dar con una sola combinación capaz de ver, caminar o bombear. Esto demuestra que estos dispositivos no podrían haberse constituido al azar. Y por supuesto que ningún científico razonable dijo jamás que así fuera. Lamentablemente, la educación científica de la mayoría de los estudiantes británicos y usamericanos omite toda mención de Darwin, y por tanto la única alternativa al azar que la mayoría de las personas pueden imaginar es el diseño.

Incluso antes de la época de Darwin, la falta de lógica saltaba a la vista: ¿cómo podría haber sido jamás una buena idea postular, como explicación para la existencia de cosas improbables, a un diseñador que tendría que ser más improbable aún? Todo el argumento cae lógicamente por su base, como ya se dio cuenta Hume antes del nacimiento de Darwin. Lo que no conocía Hume es la alternativa de suprema elegancia que Darwin propondría, alternativa tanto al azar como al diseño. La selección natural es tan deslumbrantemente poderosa y elegante que no sólo explica la totalidad de la vida, sino que eleva nuestra conciencia y da una espaldarazo a nuestra confianza en la capacidad de la ciencia para explicar todo lo demás.

La selección natural es más que una mera alternativa al azar; es la única alternativa definitiva jamás planteada. El diseño sólo es una explicación factible de la complejidad organizada a corto plazo. No es una explicación final, pues los propios diseñadores requieren una explicación. Si, como una vez especularon Francis Crick y Leslie Orgel medio en broma, la vida fue sembrada deliberadamente en nuestro planeta por un cargamento de bacterias que venía en la ojiva de un cohete, habrá que hallar una explicación para los alienígenas inteligentes que lanzaron el cohete. El última instancia, tienen que haber evolucionado de forma gradual a partir de inicios más simples. Solamente la evolución, o algún tipo de “grúa” gradualista, para emplear el ingenioso término de Daniel Dennett, es capaz de poner fin a la regresión. La selección natural es un proceso anti-aleatorio que va construyendo gradualmente la complejidad, paso a paso. El producto final de este efecto cremallera es un ojo, o un corazón, o un cerebro; un dispositivo cuya complejidad es absolutamente desconcertante hasta que divisamos la suave rampa por la que se llega a él.

Esté, o no, en lo cierto en cuanto a mi conjetura de que la evolución es la única explicación para la vida en el universo, de lo que no cabe duda es de que es la explicación de la vida en este planeta. La evolución es un hecho, y está entre los hechos más fehacientes que conoce la ciencia. Pero tuvo que empezar de alguna manera. La selección natural no puede obrar sus milagros hasta que no se den ciertas condiciones mínimas, de las cuales la más importante es un sistema de duplicación fiable; el ADN o algo que funcione como el ADN.

El origen de la vida en nuestro planeta, es decir, el origen de la primera molécula capaz de autorreproducirse, es difícil de estudiar, pues (probablemente) sólo sucedió una vez, hace 4 mil millones de años en condiciones muy distintas de las que ahora prevalecen. Tal vez nunca lleguemos a saber cómo ocurrió. A diferencia de los sucesos evolutivos que le siguieron, debe haber sido un suceso auténticamente improbable; demasiado improbable, quizás, como para que los químicos lo reproduzcan en el laboratorio o desarrollen siquiera una teoría plausible de lo que ocurrió. Esta conclusión tan extrañamente paradójica, el que una explicación química del origen de la vida, para ser plausible, tiene que ser inverosímil, sería la conclusión correcta si la vida en el universo fuera extremadamente rara. Y de hecho nunca nos hemos topado con ningún atisbo de vida extraterrestre, ni siquiera por radio; circunstancia que dio lugar a la exclamación de Enrico Fermi: “¿Dónde están todos?”

Supongamos que el origen de la vida en un planeta tuvo lugar por un golpe de suerte sumamente improbable, tan improbable que únicamente sucede en un planeta por cada mil millones de planetas. La Fundación Nacional de Ciencia se reiría del químico que propusiera una investigación que sólo tuviera una probabilidad de éxito del uno por cien, por no hablar de uno entre mil millones. Y sin embargo, dado que hay al menos un trillón de planetas en el universo, incluso con unas probabilidades tan reducidas se llega a que hay vida en mil millones de planetas. Y uno de ellos (aquí es donde entra en juego el principio antrópico) tiene que ser la Tierra, puesto que aquí estamos.

Si partiéramos en una nave espacial para encontrar el planeta de la galaxia que alberga vida, las probabilidades en contra de hallarlo serían tan altas que en la práctica sería una tarea imposible. Pero si estamos vivos (y es patente que lo estamos si estamos a punto de embarcar en una nave espacial) no tenemos que molestarnos en buscar ese único planeta puesto que, por definición, nos encontramos en él. El principio antrópico es realmente bastante elegante. Por cierto, yo en realidad no creo que el origen de la vida fuera tan improbable. Creo que la galaxia tiene muchas islas de vida diseminadas por ahí, aunque esas islas estén demasiado apartadas unas de otras para que podamos concebir esperanzas de encontrarnos con una de ellas. A lo que quiero llegar es simplemente que, dado el número de planetas en el universo, el origen de la vida podría ser, en teoría, un golpe de suerte equivalente al de un golfista con los ojos vendados que metiera la bola en uno. La belleza del principio antrópico es que, incluso con estas pasmosas probabilidades en nuestra contra, nos da una explicación perfectamente satisfactoria de la presencia de la vida en nuestro propio planeta.

El principio antrópico se suele aplicar, no a planetas sino a universos. Los físicos han sugerido que las leyes y constantes de la física son demasiado buenas – como si el universo estuviera montado para favorecer nuestra eventual evolución. Es como si hubiera, digamos, media docena de diales que representan las principales constantes de la física. En principio, cada uno de los diales se puede ajustar a un valor determinado de una amplia gama de valores. Jugueteando al azar con estos diales, casi cualquier combinación daría lugar a un universo en el que la vida sería imposible. Algunos universos se esfumarían en el primer microsegundo. Otros no contendrían ningún elemento de mayor peso que el hidrógeno y el helio. Y en otros, la materia nunca se condensaría para formar estrellas (y se necesitan estrellas para que surjan los elementos químicos y con ellos la vida). Se puede hacer una estimación de las probabilidades, muy bajas, de que los seis diales están bien ajustados, y concluir que debe haber intervenido un sintonizador divino. Pero como ya hemos visto, esta explicación es vacua porque da por sentada la cuestión más fundamental de todas. El divino sintonizador tendría que ser, por su parte, al menos tan improbable como el ajuste de sus diales.

Una vez más, el principio antrópico brinda una solución de una elegancia abrumadora. Los físicos tiene ya razones para sospechar que nuestro universo, todo lo que vemos, es sólo un universo entre tal vez miles de millones. Algunos teóricos postulan un multiverso de espuma, en donde el universo que conocemos no es más que una burbuja. Cada burbuja tiene sus propias leyes y constantes. Las leyes de la física que nos resultan familiares son unas leyes provincianas. De todos los universos en la espuma, sólo una minoría posee lo que se necesita para generar vida. Y, con una visión antrópica a posteriori, es obvio que tenemos que encontrarnos en un miembro de esta minoría, pues aquí estamos, ¿no? Como han dicho los físicos, no es ningún accidente que veamos estrellas en el cielo, pues un universo sin estrella carecería de los elementos químicos necesarios para la vida. Es posible que existan universos en cuyos cielos no haya estrellas; pero estos universos carecen de habitantes que las echen en falta. Análogamente, no es ningún accidente que veamos una gran diversidad de especies vivas: pues un proceso evolutivo que es capaz de dar lugar a una especie que ve cosas y reflexiona sobre ellas necesariamente tiene que producir al mismo tiempo muchas otras especies. La especie reflexiva debe estar rodeada de un ecosistema, igual que debe estar rodeada de estrellas.

El principio antrópico nos permite postular una buena dosis de suerte a la hora de explicar la existencia de vida en nuestro planeta. Pero hay límites. Se nos permite un golpe de suerte para el origen de la evolución, y quizás por unos cuantos sucesos únicos más, como el origen de la célula eucariota y el origen de la conciencia. Pero con eso se acaba nuestro derecho a postular la suerte a gran escala. Insisto en que no podemos invocar grandes golpes de suerte que expliquen la ilusión de diseño que transmite cada una de las mil millones de especies de seres vivos que han poblado la Tierra. La evolución de la vida es un proceso general y continuo, que esencialmente da lugar al mismo resultado en todas las especies, aunque los detalles varíen.

A diferencia de lo que a veces se afirma, la evolución es una ciencia predictiva. Si se toma una especie hasta ahora no estudiada y se la somete a un minucioso escrutinio, cualquier evolucionista podrá predecir que cada individuo que se observe hará todo lo que esté en su poder, a la manera propia de su especie (planta, herbívoro, carnívoro, nectívoro o lo que sea) para sobrevivir y propagar el ADN que alberga. No estaremos aquí el tiempo suficiente para poner a prueba la predicción, pero podemos decir, con gran confianza, que si un cometa alcanza la Tierra y extermina los mamíferos, una nueva fauna surgirá para ocupar su lugar, igual que los mamíferos ocuparon el de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y los roles que desempeñarán los nuevos actores en el drama de la vida serán a grandes rasgos, aunque no en los detalles, similares a los roles que desempeñaron los mamíferos y los dinosaurios antes que ellos, y antes que los dinosaurios los reptiles que se asemejaban a los mamíferos. Es de esperar que las mismas reglas se sigan en millones de especies en todo el globo, y durante cientos de millones de años. Una observación general de este tipo requiere un principio explicativo diferente del principio antrópico que explica sucesos excepcionales como el origen de la vida o el origen del universo como un golpe de suerte. Este principio totalmente diferente es la selección natural.

Nosotros explicamos nuestra existencia combinando el principio antrópico y el principio de selección natural de Darwin. Esta combinación proporciona una explicación completa y profundamente satisfactoria de todo lo que vemos y sabemos. La hipótesis divina no sólo es innecesaria. No es en absoluto parsimoniosa. No solamente no necesitamos a Dios para explicar el universo y la vida. Dios aparece en el universo como algo flagrantemente superfluo. Por supuesto, no podemos demostrar la inexistencia de Dios, como tampoco podemos demostrar la inexistencia de Thor, las hadas, los duendes y el Monstruo Espagueti Volador. Pero, al igual que ocurre con esas otras fantasías que no podemos desmentir, podemos decir que Dios es muy, muy improbable.

Primera publicación en Huffington Post, 23 de octubre de 2006.

Traducido para Rebelión por Anahí Seri

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17 comentarios to “Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe (Richard Dawkins)”

  1. hoysecumplen said

    Hola me encanta vuestro blog, si queréis os añado a mis enlaces favoritos en mi web y vosotros me añadís a mi, saludos y gracias por la información que a diario ponéis en la web, nos vemos!!

    http://hoysecumplen.com

  2. Alba said

    No es seguro ni inseguro. Es simplemente absurdo. Plantearse la existencia de un ser “justo” que “gobierna” sin dominio leyes expresivas de un constante “hacer” y deshacer convulsivo sin más fin que la convulsión misma del hecho, no pasa de ser una manera de vivir cegando la única posibilidad de cobrar conciencia del proceso cósmico mediante la observación y el discernimiento.

  3. jotace said

    Si me preocupan los no religiosos de discurso agresivo, me parecen tan fanáticos como los religiosos. Si ellos fueran poder se dedicarían a reeducar cristianos o a eliminarlos, al final solo son un montón de mentes vacías.

  4. Cuando se diserta sobre algo que se desconoce, el “listo” de fácil verbo juegas con múltiples conceptos que te conduce, te demuestra a su manera lo que quiere. Igual podría demostrar lo contrario, si se lo propusiera. Por todo ello me declaro agnóstico.-

  5. Carlos Felipe said

    Muy buen artículo, muy objetivo, muy imparcial, no es ofensivo y tiene fuentes relevantes suficientes, y argumentos lógicos y claros. Si bien Arturo Mayoredomo argumenta que tal como se “demuestra” esto, se podría “demostrar” también lo contrario, me gustaría leer quien lo haga, pues hasta hoy nunca me he encontrado con tal caso.

  6. Tony said

    Jatice, no te preocupe por nosotros quienes no creemos en dios. Preocupate por los fanaticos religiosos a quienes no les importa llenarse de explosivos y hacerse detonar en sitios llenos de gente inocente, o por aquellos fundamentalistas cristianos que aseguran que si llegaran al poder comenzarian una caza de brujas contra quienes consideran blasfemos, llamense homosexuales, ateos, creyentes de otras religiones, etc.

  7. EVER BLANCO said

    CORDIAL SALUDO:

    La existencia de Dios es un planteamiento teológico y según muchos aún no se ha demostrado que dios exista, entonces por que nos descabellamos con ese asunto, simplemente vivamos y dejemos vivir. Aunque no es del asunto traigo a colación palabras de Krna Murti, quien dice que las religiones organizadas han causado mucho daño a la humanidad y aun lo siguen haciendo. Si hubiere un nuevo orden mundial propondría la eliminación de todas las religiones y creo que con eso el mundo sería un lugar más agradable para vivir. Si la gente quiere creer en Dios, entonces puede hacerlo pero sin una religión representariva, cada cual es libre de creer o no creer.

  8. Diego Paucar said

    Los argumentos subjetivos provenientes de contextos en los cuales la religión ha influido de manera irracional y esencial son interesantísimos. De hecho, es más interesentate aún observar el ensimismamiento intelectual propio de cada investigador. Desde que escuche los argumentos creacionistas, debo añadir, me causaron cierta desilución puesto que simplismos también ensimismados (y conscientemente no empíricos) contribuyeron (en antítesis) a la elaboración de nuevos principios evolucionistas.
    Jeje… Qué raro…
    He VISTO, con mis ojos, una cantidad considerable de eventos sobrenaturales realizados luego de la convocación a Dios por medio de Cristo. Sí, soy cristiano. Lo único que puedo (esto es, que me siento obligado y a la vez limitado por ustedes) a decir en mi defensa… es: Dios no, no es un argumento teológico (ni mucho menos). No se limita a una serie de dogmas acerca del futuro o del pasado. Es una realidad tangible, viva, subjetiva y objetiva a la vez, que transforma la realidad del hombre natural. Es muy simple entenderlo, y también, muy sorprendente la forma en la cual Dios puede entrar a la vida de uno. Por favor, continuen leyendo. Supongo que ya habrán oido esto pero, tan sólo imagínense… ¿qué consecuencias habrían en el hipotético caso en el cual la leyenda de Jesús sea cierta, lo cual significa, el Evangelio escritural? Esa es la invitación de fe. Y el cómo: “como un niño”… en humillación y arrepentimiento. A partir de alli, uno le podrá preguntar a Dios acerca de cualquier argumento científico, pseudo-científico y humano, en general. Y Dios responde. Lo digo en experiencia propia, auqnue sé que no me van a creer. Y no, no estoy lavado del cerebro y qué se yo: es posible dudar del creacionismo, dudar de la integridad de las Escrituras y dudar de los argumentos teológicos estando en una fuerte comunion personal con un Dios vivo al mismo tiempo. Y poco a poco, el hecho de la creación (en el sentido de una ligazón inexplicable de la humanidad de uno con la de Dios), el de la integridad biblica (confirmada a diario en la vida, casi como una tesis, de forma histórica o con significancia más espiritual…) y etc etc… se van abriendo como ideas que, por necesidad humana, llegan a cimentarse en la convicción de uno. Por cierto, sí se de los argumentos de Feuerbach (pobre hombre), y sí he leido a Weber (no soy católico). Dios no quiso a dar al humano ni felicidad ni un sentido cosmológico de vida en primer término. Dios quiso entablar una profunda relación con el ser humano. Es realmente simple. Y esto no tiene nada que ver con creer en cualquier idea loca por ahí suelta por cualquier papanatas… y temo que la religión y el fundamentalismo ha hecho mucho daño a la imágen del cristiano… Pero el ser humano no es perfecto y (como no tiene nada más que hacer cuando cree en algo) se inventa ideas locas o se deja llevar por sentimientos. Así, es posible observar muchas comunidades (en realidad, una mayoría de población) que viven junto a dogmas y creencias bastante extrañas, en sus términos mis amigos “primitivas”.
    Pero estoy convencido que Dios va más allá. Sí, exacto, ese Dios relativo, personal, absolutista aparentemente sentimental y supuestamente no visible en la historia o la naturaleza. Amigos, todo depende de uno: el mensaje de los Evangelios esta dado desde hace años. Pero incluso muchisima gente que lo ha oido no tiene una Relación con Dios, porque no ha creido como debe de creerse, es decir, no la simple afirmación intelectual… y por cierto, aunque con otras palabras, la Bíblia tambien discrimina al respecto. Creo que es todo, por lo demás deseo que sepan que Jesús vino al mundo para salvar al ser humano de su decadencia (más que cultural/social/biológica) espiritual. Vino a salvarlo de su propio pecado para que, de acuerdo a la cosmovisión judía, pueda acceder a la Presencia de Dios y Dios pueda actuar en su vida. Y ese Jesús murió, tambien de acuerdo a la cosmovisión judía, en lugar de muchos. Y resucitó luego de tres días. Creanlo, y ya verán. Él es Bueno :)
    Dios los bendiga mucho.

  9. Guillermo said

    Me parece de una falta de humildad inexplicable, creernos tan poderosos y sabios que podamos negar la existencia de Dios de forma tan radical. No estamos ni de lejos, cerca de la verdad del universo, somos practicamente pequeños atomos con una capacidad insuficiente para determinar la grandeza del universo que nos rodea.
    Nuestras limitaciones son tan grandes que no somos capaces ni de salir a darnos una vuelta por las cercanias de nuestra galaxia o de preservar la maravillosa naturaleza que nos rodea.
    Sólo sé que el espíritu del nuevo testamento nos hace mejor personas y nos acerca mas a los demás. Por eso la palabra de Jesus es siempre validad para cualquier tiempo y sociedad.
    Aquellos que tomamos la religion cristiana como una conducta de relacion con los demás siempre tendremos algo mas que los excepticos que renuncian a todo abismo de esperanza y critican nuestras ideas y constumbres.
    Tampoco considero que los agnosticos tengan nada malo si son buenas personas y se entregan a una vida que comparta amor y respeto hacia los demas.
    Los que me preocupan son aquellos que consideran que la no existencia de Dios, les da opcion libre para actuar en esta vida de la forma mas deleznable que se les pueda ocurrir, entrando en un pozo sin fondo de amargura personal combatido con drogas, odio, sexo desenfrenado y relaciones falsas que convierten nuestra sociedad en un auténtico estercolero.
    Creo que el espiritu racional (y yo tengo mucho) no nos va a sacar de las dudas que se asomen a nuestro cerebro. Por tanto estas polemicas suelen dar bazofia a mucha gente que critica a una parte de la sociedad que tiene muchas cosas buenas que ofrecer.
    Esto no implica que nuestra propia imperfeccion nos haga caer en equivocaciones y errores propios de lo que somos, pobres y simples humanos dedicados a intentar evolucionar, bien sea con Darwin o sin él.
    Yo me quedo con la palabra de Jesus, esta nunca me falla.

  10. José said

    Estimado Guillermo: Me has sorprendido porque te consideras racional. Pues bien ¿por qué dejas la racionalidad en estos temas? Te molesta la falta de humildad de quienes desconocen a Dios. Si lees bien, Dawkins no asevera su inexistencia; en cambio tú sí aseveras su existencia ¿No puedes ver tu incoherencia? No conocemos el origen del universo, más que en teorías (la científica y las muchas religiosas), lo que no autoriza a suponer un dios con tales y cuales atributos. ¿Sabes que los cristianos, sumando católicos, evangelistas, ortodoxos -todos con distintos criterios sobre María, los santos, el Papa y demás- no alcanzan a un tercio de la población mundial? Quiere decir que dos de cada tres personas que viven en este planeta no adhieren a lo que tú crees. Si realmente hubiera bajado a la Tierra nada menos que un hijo de Dios, sería un muy pobre resultado que después de dos mil años no hubiera logrado -caramba, se lo supone omnipotente- que dos de cada tres no lo reconozcan como Dios. Hay muchísimas razones más, que si realmente eres racional como piensas, podrás investigar ampliamente -no solo leyendo: pensando por tí mismo-, para no “creer” en un dios con tales y cuales características. Pero “creer” es exactamente lo opuesto de formarse juicios razonando, investigando, analizando evidencias. ¿No has pensado que solo eres cristiano por el lugar donde naciste? ¿que si hubieras nacido en la India o China o Arabia no sabrías ni te importaría de Cristo? ¿No has pensado porqué Jesús o María no se le aparecen a nadie en los países que te he dicho? En fin, apelo a tu mejor característica humana: el pensamiento racional

  11. borgeano said

    Excelente comentario José; sintético y preciso. Lo que no termino de entender es cómo pueden hacer tantos malabares pseudointelectuales para apoyar cuestiones absurdas. Pero bueno, es más fácil creer en cuentos de hadas que pensar.

  12. mancheguito said

    La Naturaleza (otros dirian Dios) nos ha dado la razón,como el resto de los sentidos, para su correcto uso, entonces…
    razonemos.
    No acepto el hablar gratuitamente, de lo que no sabemos.- Es muy fácil engañar al ignorante (en el buen sentido) por
    el embaucador.-

  13. borgeano said

    ¿Y dónde está el razonamiento?

  14. Francisco said

    No conocemos a Dios sino por las religiones y estas son humanas,porque no parten de verdades ojetivas sino de poderes humanoides y delirantes.

  15. mancheguito said

    Es totalmente racional lo que dices. Estoy contigo. Espero que la cultura deje a los embaucadores, donde les corresponde,
    es decir, en el olvido.El saver y la ciencia nos hará conocer la verdad.-

  16. Laura said

    Se nota que hay que ser ignorante para decir que no existe Dios.
    Tu estas aqui porque Dios te lo permitio. Cuando Dios de un movimiento fuerte a esta tierra, dime si te acordaras de Dios o no.

  17. manchaguito said

    Sería conveniente que leyeras a los filósofos actuales, por ejemplo “FERNANDO SAVATER”

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