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De las falsas ciencias (Alfonso Fernandez Tresguerres )

Posted by Biblioteca Escéptica en abril 21, 2008

TresguerresUna breve biografía del autor

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Las llamadas «ciencias ocultas» son meras imposturas gnoseológicas y éticas:«cosas –como escribió Voltaire– que la bribonería ha inventado para subyugar a la imbecilidad.»

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Sin duda, no son las únicas, pero aquéllas de las que voy a hablar son, tal vez, de las más importantes, y también, con toda seguridad, las que con mayor felonía se aprovechan de la credulidad, desdicha y desesperación del prójimo (así como de su estupidez, todo hay que decirlo) para aliviarle de la onerosa carga de sus dineros. Me refiero a la Parapsicología y a las, así llamadas, «ciencias de lo paranormal».

El término «parasicología» fue creado por la Sociedad de Investigación Psíquica, fundada en Inglaterra el año 1882, con sucursal en Estados Unidos dos años más tarde. En 1934, en Carolina del Norte, Joseph Banks Rhine (1895-1980) abre el primer laboratorio dedicado a tal disciplina. Del año 1959 data la primera Asociación Internacional de Parasicología, que en 1969 es reconocida por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, y en los años 70 la nueva disciplina obtiene su primera plaza de profesor en Cambrigde.

La naciente «comunidad científica» comienza interesándose por la percepción extrasensorial (ESP) o fenómeno psigamma (PG), consistente en la supuesta adquisición de información por medios no sensibles, y que presenta tres modalidades fundamentales: captación de pensamientos (telepatía), de objetos perdidos o acontecimientos pasados (clarividencia) y adivinación del futuro (precognición). Y también por la psicoquinesia o fenómeno psikappa (PK), capacidad de mover objetos con el sólo poder de la mente. Pero en poco tiempo el radio de los intereses de estas (también denominadas) «ciencias ocultas» se hizo sensiblemente más amplio, comprendiendo, asimismo, otros importantes motivos ocultistas: supervivencia después de la muerte, reencarnación, levitación y fenómenos de poltergeist o toribismo son algunos de los más significativos, aunque tampoco son ajenos a los intereses de este pujante colectivo el mundo de la ufología, de las curaciones milagrosas (o al menos no naturales), de las posesiones demoníacas o del exorcismo. Con todo, no es fácil trazar el campo que intenta ser roturado por esta república de ciencias: en parte, porque los cultivadores de una especialidad, buscando delimitarse frente a los otros, lejos de considerarlos colegas, los califican, con frecuencia, de impostores, retirándoles el estigma de la cientificidad; en parte, también, porque dentro de un mismo gremio hacen lo mismo: todos los adivinos son fraudulentos excepto aquél con el que estás hablando; y con gusto reconocerá éste la frecuencia de prácticas engañosas, con tal que no dudes que las suyas, por el contrario, son verdaderas (claro que esta mutua descalificación resulta lógica si se tiene en cuenta que el objetivo último que se persigue tiene mucho que ver con la cartera del incauto); y, por último, porque dentro de cada especialidad surgen cada día nuevas técnicas de trabajo, a cual más efectiva, en una proliferación que tiende al infinito. Desde que me ha sido dado conocer a quien dice ser capaz de adivinar el futuro a través de las ventosidades del cliente (curioso maridaje entre la parasicología y la cropofilia), he renunciado a clasificaciones exhaustivas a este respecto. Recientemente hemos tenido noticia de un vidente ciego (sólo un contrasentido para quien no advierta que el vidente ve con los ojos del espíritu) que adivina el futuro mediante el curioso (y supongo que a veces gratificante) método de sobar los glúteos del cliente. ¡Y es que hay que ver cómo avanza la ciencia!

La tesis general que quiero defender es, como es natural (natural para quien no haya abdicado de las exigencias que impone una mínima racionalidad), que tales saberes son simples pseudociencias, sin el menor fundamento lógico ni racional, constituidas mediante meras refluencias («supervivencias», diría Tylor) de prácticas mágicas propias de pueblos primitivos, que llegan hasta nuestras sociedades desarrolladas, siguiendo un curso histórico que no resultaría difícil seguir hasta el presente, donde permanecen, entre otras razones, porque en ellas han visto algunas mentes avispadas un negocio tan fácil como fructífero. El problema no estriba tanto en determinar el origen mismo de tales prácticas, cuanto el por qué de su mantenimiento, esto es, la razón por la que la gente se aferra a ellas y las cree fiables. Cuestión ésta que no admite una respuesta simple ni tampoco única, porque a la amplia variedad en el sector de la oferta corresponde una no menos amplia variedad en los motivos por los cuales se produce la demanda. Pero si hubiera que señalar una motivación general, yo no sé si acaso (mal que nos pese) habría que estar de acuerdo con Goethe cuando afirma que: «La superstición forma parte de la esencia del hombre, y, cuando pensamos haberla desplazado totalmente, se refugia en los rincones y recovecos más extraños, de los que vuelve a salir cuando se cree medianamente a salvo.»

Mas como no quisiera que se me acusase de emitir un juicio tan gratuito como dogmático, o que se me tilde, directamente, de «envidioso» (calificativo con el que alguna vez se ha replicado a mis argumentos), me esforzaré en fundamentar tal diagnóstico.

Mi interés por estos fenómenos es sólo moderado, pero dado que desde hace un tiempo se me invita con cierta frecuencia a participar en programas televisivos en los que se debaten éstas cuestiones, aun cuando mis honorarios sean mucho más modestos que los de algunos de estos afamados personajes (de ahí tal vez lo de «envidioso»), no he tenido otro remedio que mantenerme al tanto de lo que sucede en el gremio. Si digo esto no es para impresionar al lector sobre mi supuesta competencia o especialidad en tales asuntos: no es posible especialidad alguna sobre tan vastos saberes; y, por lo demás, poca o ninguna competencia se puede tener en tan soprendentes misterios si uno no ha sido elegido y tocado por las fuerzas del más allá. Lo digo porque desearía que se me creyera que todos los ejemplos que me puedan venir a la mente en el curso de esta exposición responden a hechos rigurosamente verídicos y reales, y como quiera que resultaría enormemente engorroso declarar en cada caso las circunstancias en que fue dicho, así como la identidad de su autor, solicito del sufrido lector una cierto voto de confianza. En todo caso, si así fuese preciso, estoy en condiciones de probar la autenticidad de todos y cada uno de tales ejemplos.

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Y bien, ¿dónde podríamos acudir para organizar esa impresionante masa fenoménica conforme a un cierto orden y distribución que faciliten tanto su análisis como su crítica? Se me ocurre, entre las alternativas que se me alcanzan, que el mejor recurso es el concepto de «espacio gnoseológico», tal como es entendido y dibujado en la Teoría del cierre categorial, de Gustavo Bueno. Entiéndase, no obstante, que lo que sigue no es (ni pretende ser) un análisis detenido ni pormenorizado, sino únicamente el esbozo o el plano en el que se señalan tan sólo las grandes líneas por las que, a mi juicio, debería discurrir tal análisis.

Cabe pensar, sin embargo, que cada una de esas pseudociencias tiene, seguramente, su espacio gnoseológico propio, con características peculiares y distintivas frente a las otras, por lo que con razón podría argüirse que acaso no resulte viable el proyecto de un análisis llevado a cabo sobre el presupuesto de un espacio común. Mas a ello podría responderse diciendo que si de lo que se tratase fuese de llevar a término un análisis detallado, tal vez, en efecto, no habría otra alternativa que examinar cada uno de esos saberes de forma individualizada, o al menos agrupados por familias (poco tiene que ver, ciertamente, la videncia con la ufología, pongamos por caso), pero si a lo que aspiramos (más modestamente) es sólo a reseñar los mecanismos gnoseológicos de los que participan todos ellos, el proyecto se halla plenamente justificado, desde el momento en que son esos mismo saberes los que se nos presentan en un mismo plano y con una misma esencia compartida, a saber: su condición propia de pseudociencias, lo que determina, sin duda, una serie de mecanismos lógicos y de procedimientos argumentativos y operacionales de carácter genérico, y por lo mismo, en tanto que generales, perfectamente transferibles de unos sectores a otros.

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Cuando fijamos nuestra atención en el eje pragmático de este amasijo de pseudociencias lo primero que se advierte es la enorme riqueza e importancia de éste. No tanto en el sector de los autologismos, que habría que considerar vertebrados básicamente a partir de alteraciones psicológicas o imposturas movidas por intereses que tienen que ver, ante todo, con el deseo de fama o el afán de riqueza, sino principalmente en el de los dialogismos: se trata, en la mayoría de los casos, aunque no en todos, de actividades esencialmente dialógicas, en la medida en que sólo son posibles en y por la presencia del otro, del cliente, quien, en no pocas ocasiones, contribuye, inadvertidamente, movido por sus anhelos, preocupaciones, o simple insensatez, a la consecución del objetivo perseguido por el maestro de lo oculto, incluso a la apariencia de verdad que ocasionalmente puedan tomar sus prácticas o su discurso (como es el caso, por ejemplo, de la sanación que, ciertamente, se produce, aunque por puro efecto placebo; o el del ingenuo que no advierte que todo lo que el vidente ha adivinado es una información previamente suministrada por él mismo, o que aquél ha podido leer en su apariencia externa). De otro modo: el carácter esencialmente dialógico de estos saberes estriba en que el otro es un elemento interno a la propia construcción gnoseológica, mas no en tanto que materia a partir de la cual podría, en alguna medida, obtenerse el saber o sobre la cual cabría aplicar un saber previamente establecido, como es el caso de la medicina, sino en el sentido de que la actividad cognoscitiva misma no existe al margen de la interacción dialógica con el otro; caso, de alguna manera, muy similar al psicoanálisis, a quien, por cierto, estos saberes superan no pocas veces en efectividad. Ciertamente, sin enfermos no habría medicina (del mismo modo que sin figuras no habría geometría), pero la diferencia estriba en que, mientras que la investigación médica, que arranca de la experiencia con el enfermo, sigue su propio curso de descubrimiento científico al margen de él, al que sólo torna más tarde con propósitos curativos o experimentales, en estas pseudociencias la actividad cognoscitiva misma consiste esencialmente en la interacción y, aun más, en la influencia sobre el otro, y se agota en ella; y ello debido precisamente a la incapacidad, por imposibilidad, que estos saberes muestran a la hora de establecer nexos causales entre fenómenos y determinar principios generales de aplicación universal a la totalidad de los individuos (el futuro de cada cual, podríamos decir, es el futuro de cada cual). Si esto mismo sucede o no con el psicoanálisis, no es cuestión sobre la que yo deba pronunciarme ahora: obviamente, Freud aspiraba al descubrimiento de las leyes generales del psiquismo humano, pero no es menos cierto que también el incosciente de cada cual es el inconsciente de cada cual, y, por ejemplo, en la interpretación de los sueños, entendidos como el lenguaje del inconsciente, el mismo Freud advierte contra los peligros de la generalización, puesto que podría darse el caso de que un mismo símbolo onírico no posea un significado idéntico en dos individuos distintos, es decir, que los sueños son el lenguaje del inconsciente, pero, a lo que parece, los inconscientes hablan también dialectos distintos, de donde se resulta que la interpretación de los sueños sólo tiene sentido establecida sobre los sueños concretos de este individuo concreto.

Repito, sin embargo, que esta hipertrofia del sector dialógico no es característica común de todas las pseudociencias, sino únicamente de algunas. Otras, por el contrario, «agradecen» que la presencia dialógica sea escasa, y mejor aún nula, porque para constituirse les resulta esencial la no existencia de testigos: si alguien ha de hablar con el cordero de Dios, mejor que sea a solas; y si Jesucristo ha de trasladarse a una peluquería de Valencia para comer un plato de lentejas, mejor que allí no se encuentre nadie más que la peluquera (resultaría un poco engorroso, por ejemplo, explicarle al marido que quien se está comiendo sus lentejas, en compañía de su señora, es nada menos que el Hijo de Dios).

De donde venimos a dar en la curiosa situación de que los elementos dialógicos resultan, de un modo u otro, siempre esenciales, y esenciales en términos absolutos, esto es, o el supuesto saber sólo puede constituirse mediante dialogismos, porque al margen de ellos no es nada, o, lo que es lo mismo, porque dicho saber no es otra cosa que una situación dialógica; o, por el contrario, sólo puede establecerse en ausencia completa de tales elementos dialógicos (el caso de la folie a deux o locura compartida no podría ser considerado una excepción a esta regla, ya que, a los efectos, en este caso dos son uno: dos o mas personas distintas y una sola locura verdadera).

Otra importante dimensión dialógica de estas pseudociencias es la que liga entre sí a los propios cultivadores de las mismas: no faltan reuniones o congresos tendentes a examinar o debatir el «estado de la cuestión», ni tampoco publicaciones de carácter más o menos periódico, aunque muchas veces se hallan dirigidas no tanto al «especialista», sino más bien al «gran público», que, al fin y al cabo, es quien las subvenciona. Con todo, la intercomunicación y el debate entre «expertos» no presenta la intensidad de otras disciplinas científicas (acaso porque es poco lo que hay que comunicar y debatir); y tampoco destaca la transmisión, mediante la enseñanza, de tan arcaicos saberes (acaso porque no hay mucho que enseñar y porque, de todos modos, la competencia en tales materias suele hallarse asociada a dotes individuales, propias e intransferibles, sean de carácter natural o sobrenatural, esto es, recibidas directamente de la divinidad: de Dios mismo o quizá de sus ángeles; pero, en cualquier caso, algo que difícilmente puede ser transmitido mediante la enseñanza. No olvidemos que el mismo San Jerónimo afirmaba que el don de adivinar lo recibían las sibilas en premio a su castidad). Tratándose, como se trata, de «ciencias ocultas» se comprende que esta vertiente de su dimensión dialógica sea más bien limitada. Prolifera, en cambio (y también se comprende), la confrontación entre los profesionales del sector; mas no confrontación de hipótesis o teorías, sino de individuos, que, cuando trabajan un mismo ramo y comparten una misma clientela, suelen proceder a una descalificación mutua: el otro es siempre un farsante y un impostor; lo que, por supuesto, continúa siendo una relación dialógica, y enormemente significativa y representativa de estas falsas ciencias.

En el sector de las normas la situación con la que nos encontramos es la siguiente: la mayor parte de estos saberes pseudocientíficos sólo puede organizarse como tales mediante la sistemática violación de las mismas; tanto si esas normas son lógicas como si son de carácter ético o moral.

El discurso y el cuerpo cognoscitivo mismo sólo pueden constituirse previa desconexión y desactivación de los principios lógicos elementales (de otro modo difícilmente se podría afirmar haber visto una cabeza humana girar 360º, sencillamente porque ninguna cabeza humana, ni siquiera la de un bisabuelo difunto, tiene tal capacidad de rotación sobre sí misma). Los principios básicos de identidad, no-contradicción o tercero excluso son con frecuencia puestos entre paréntesis y sustituidos por principios mágicos, tales como el de semejanza y contacto. Desentenderse de la lógica elemental obliga, al mismo tiempo, a que el supuesto conocimiento sólo pueda abrirse camino mediante la solicitud al receptor de un acto de adhesión incondicional a la fiabilidad del experto. El aprendiz, el cliente o el simple interlocutor ha de poner de su parte una credulidad absoluta, es decir, un acto de fe.

En cuanto a las normas éticas o morales, su violación es obvia en todos los testimonios e informaciones fraudulentas, en la medida en que suponen engaño y deslealtad; engaño que, si cabe, se torna aún más infame cuando el fin que se persigue es el enriquecimiento propio a costa de la angustia y la ignorancia del otro. Entre los muchos casos que me ha sido dado conocer, recuerdo ahora el de una pobre mujer que, desesperada por la enfermedad de un hijo, llegó a pagar facturas de teléfono por valor de más de medio millón de pesetas llamando a la línea (a precio de teléfono, no ya erótico, sino súperpornográfico) de una de nuestras más afamadas videntes, que, como buena «bruja católica» –así se autodefine–, ha recibido su sabiduría directamente de los ángeles. Nuestra buena mujer no logró ni una sola vez hablar con ella (algo comprensible, ya que, aunque poseedora de línea directa con los ángeles, aún no le ha sido concedido el don de la ubicuidad). Sí lo hizo, en cambio, con tres empleados de la divina misión: el primero le dijo que su hijo se curaría; el segundo, que sin duda habría de morir; por último, el tercero afirmó que cabía la posibilidad de que se muriera, mas también de que se salvará. Es claro que alguno de los dos primeros acertó; y el tercero, sin duda alguna.

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Aludiré brevemente al eje sintáctico, por cuanto lo que hay que decir de él resultaría (me parece) básicamente reiterativo con relación a lo que hemos señalado respecto al eje pragmático y lo que habremos decir a propósito del eje semántico. Ciertamente, no son escasos los términos que se manejan en estas construcciones pseudocientíficas: ectoplasma, cuerpo astral, levitación, regresión, supervivencia, espíritu, fantasma, aparición, materialización, bilocación, médium, trance, xenoglosia, energía negativa, &c. Tales términos, se caracterizan, a veces, por su imprecisión e indefinición, esto es: no resulta fácil determinar a qué se refieren exactamente. Y se caracterizan, también, pero no a veces, sino siempre, porque los referentes materiales a los que dicen designar (sea cual sea el género de materialidad al que aludan), en ningún caso pueden considerarse suficientemente probados. Sabemos, sin duda, lo que es una levitación (no tanto lo que sea el ectoplasma, el cuerpo astral o la energía negativa), pero de ningún modo se halla probado que tal término designe un fenómeno material real: una levitación, como un decaedro regular, es una realidad que sólo tiene una existencia lingüística. Cuando entre tales términos se intentan establecer determinadas relaciones, es patente que éstas no pueden establecerse en otro plano que no sea el puramente lingüístico, el de la simple palabrería: «Cuando el individuo se encuentra en un estado de regresión a una vida pasada, la intensidad de la energía psíquica desplegada alcanza una intensidad tal que se produce una levitación en el curso de la cual se genera ectoplasma». He ahí el aspecto que presenta la «verdad» en tales saberes. No negaré que esta verdad acaba de ser descubierta por mí, pero las verdades encadenadas que expongo a continuación pertenecen al médico francés Hubert Larcher, reputado experto en estas cuestiones:

«Desde el punto de vista fisiológico y psicológico, la ascesis mística representa una especie de regresión. En efecto, el asceta parece moverse en sentido contrario con respecto a la normal evolución: su pobreza, castidad y obediencia hacen que se asemeje a un niño; la reducción del alimento, a un recién nacido antes de cortarle el cordón umbilical; la levitación, a un feto que nada en el líquido amiótico; la bilocación recuerda la multiplicación embriogenética, la subdivisión de las células, etc. Incluso la producción de óleos y el olor de santidad hacen que parezca un organismo vegetal. Con la muerte, el místico se mineraliza y vuelve a las fuentes de la materia y de la energía. Pero en realidad este peregrinaje a las fuentes no es una verdadera regresión, pues la vida del místico evoluciona como la vida de todos, pero uniendo al ciclo normal un segundo ciclo que avanza en dirección opuesta y que se superpone al primero, imprimiéndole una tensión energética. La regresión suministra al místico la energía que necesita y que da origen a los grandes fenómenos paranormales que caracterizan su vida.»

En cuanto a las operaciones mediante las que se establecen relaciones entre los términos, dando lugar a las «verdades» del campo, baste decir que cuando no son sencillamente fraudulentas (nunca se insistirá lo suficiente en este aspecto), son simplemente mágicas.

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Pero el grueso de la crítica a estas pretendidas ciencias ha de dibujarse (según creo) en el eje semántico. Y a este respecto, la primera pregunta que debemos formularnos es la siguiente: ¿cuáles son los elementos fisicalistas de estas pseudociencias? O mejor aún: ¿se encuentra bien establecida la existencia de tales elementos fisicalistas, es decir, de los referentes materiales sobre los que se opera? Unas vez más hemos de insistir que en muchas ocasiones los testimonios de los que se parte son sencillamente fraudulentos, comenzando (hacia 1848) por las propias iniciadoras del espiritismo, las célebres hermanas Fox, dotadas de una curiosa capacidad para provocar ruidos con los dedos de los pies, algo en lo que otra hermana mayor, avispadamente, entrevió la posibilidad de un buen negocio. Y aunque con posterioridad una de ellas confesó el fraude, no se le prestó demasiada atención, porque la rueda ya se había puesto en marcha: existían ya demasiados intereses creados y demasiados crédulos. Que la gente mienta en estas cuestiones no tiene nada de sorprendente; se miente por los mismos motivos por los que se hace en otros casos: por buscar fama o notoriedad, vivir de ello o simplemente salir unos minutos en televisión. A veces sucede incluso que la mentira ha sido tan repetida que llega un momento que hasta el propio sujeto no sabe a ciencia cierta si es verdad o no. Se trata, entonces, de una pseudología fantástica, frecuente en personalidades histriónicas y narcisistas. En cualquier caso, conviene, a este respecto, tener siempre presente el consejo que en su Discurso contra las brujas daba Cyrano de Bergerac, el año 1652: «No debe creerse cualquier cosa de un hombre, porque un hombre puede decir cualquier cosa.»

Otra importante masa de testimonios proviene de simples perturbaciones psicológicas. Pero desde que hemos redescubierto la democracia y somos todos iguales, ya no hay locos (del mismo modo que tampoco hay tontos), así que si antes se les suministraba tranquilizantes, ahora se les saca en televisión. Quienes alguna que otra vez frecuentamos este mundo de lo paranormal hemos podido constatar que en él suelen convivir tres tipos de individuos: el estafador, que no se cree nada, el enfermo mental, que cree al menos su propia locura, y el pobre ingenuo, que sin ser lo uno ni lo otro, se lo cree todo, y se ocupa, además, de aportar la parte financiera.

Pero existe otro tipo de testimonios: el de aquel individuo que, de buena fe, cree haber experimentado realmente una vivencia paranormal, y que, por lo mismo, suele mostrarse impermeable a cualquier razonamiento que intente hacerle ver que tal vivencia tiene, casi siempre, una explicación perfectamente lógica y natural, por lo común de carácter médico o psicológico, lo que, sin duda, indica que tal vivencia es, con frecuencia, una forma de alteración psíquica, mas no necesariamente enferma, como el caso anterior, sino enteramente normal y cotidiana. Por ejemplo, a todos nos ha sucedido alguna vez, por un exceso de imaginación, haber visto rostros en las nubes; pero la mayoría de los mortales solemos ser plenamente conscientes de que no hay más que eso: nubes; y no se nos ocurre pensar en una aparición de Moisés. A este respecto, conviene distinguir muy claramente entre lo que se cree ver y lo que realmente se ve. Yo no niego que un alcohólico, en plena crisis de delirium tremens, crea ver ratas azules o elefantes rosas: lo que niego es que realmente haya visto tales entidades, entre otras cosas porque habría que demostrar previamente que existan ratas azules o elefantes rosas (eso sin entrar a considerar el hecho de cómo ha llegado un elefante rosa a la quinta planta de un hospital). Pero volveremos sobre esto.

Es evidente que de los tres tipos de testimonios nos interesa especialmente el tercero: el de aquellos individuos que, sin ser impostores ni enfermos mentales, afirman haber vivido un «fenómeno extraño», porque así es, en efecto (con el impostor poco se puede hacer, excepto denunciarlo; del mismo modo que al enfermo no cabe sino ponerlo a tratamiento). En este tercer caso, y aunque no sea más que a efectos puramente dialécticos, podemos admitir que existe tal referencia material, que existe un hecho, más o menos raro, que exige alguna explicación. Tal hecho habría pasado a formar parte, entonces, del sector de los elementos fenomenológicos, a los que habría que proporcionar alguna teoría explicativa que, probada, nos colocara ante la verdad del fenómeno mismo, ante su esencia, conduciéndonos, así, al sector de los elementos esenciales u ontológicos del saber en cuestión.

¿Cómo opera, entonces, el profesional de lo oculto? Pues, básicamente, mediante una grosera confusión entre el plano fenomenológico y el plano esencial, ya que, aun suponiendo que la realidad del fenómeno haya sido probada (lo que, sin duda, es mucho suponer en la mayoría de los casos, porque un testimonio no es nunca una prueba), la confirmación del fenómeno (plano fenomenológico) de ningún modo puede confundirse con la confirmación de la hipótesis o teoría explicativa (plano esencial). Veámoslo más detenidamente.

El especialista de lo oculto comienza por proponer una hipótesis explicativa de carácter paranormal o incluso sobrenatural, iniciando así la violación sistemática de las exigencias mínimas que el método científico y la teoría de la ciencia imponen para considerar admisible una hipótesis, porque para que una hipótesis en términos sobrenaturales pueda ser tomada en consideración habría que comenzar por demostrar la posibilidad de una causación sobrenatural. Un médico, ante una enfermedad dada, puede proponer, sin duda, múltiples hipótesis acerca de su etiología o su vía de contagio, pongamos por caso, pero de ningún modo la hipótesis de que los causantes son unos espíritus malignos que se introducen en el cuerpo del enfermo, si antes no ha sido probada la posibilidad de la existencia real de tales espíritus. Del mismo modo, un cuadro sintomatológico no puede ser diagnosticado como «posesión demoníaca», si no se ha probado la existencia de demonios: sencillamente porque si no hay demonios no puede haber posesiones demoníacas.

Pero hay más: las hipótesis que se proponen no admiten una experimentación repetible, contrastable y comprobable por otros. En el ámbito de las ciencias de lo oculto, los supuestos descubrimientos nunca pueden ser corroborados por un segundo experimento realizado en condiciones similares; y es que no existe, ciertamente, ninguna condición dada la cual fuera posible verificar o falsar la hipótesis. Tampoco posee la menor objetividad propia del método científico, sino que (como ya hemos dicho) está conformada a partir de testimonios y vivencias absolutamente fuera de control. Por último, la coherencia que suele presentar respecto a otros conocimientos científicos bien establecidos suele ser nula.

Pero nada de esto parece preocupar a nuestro experto en lo paranormal, quien parece creer que el hecho de plantear una hipótesis no se halla sujeto a otras exigencias que las dictadas por un acto libérrimo de su voluntad.

A continuación, la hipótesis así propuesta intenta ser probada mediante un típico razonamiento en círculo vicioso (una auténtica petición de principio): los fenómenos se consideran explicados por la hipótesis paranormal, y ésta, a su vez, se considera probada por aquéllos. Se utiliza como prueba justamente aquello que está siendo sometido a prueba, olvidando, así, que una hipótesis nunca puede verse confirmada por aquellos mismo fenómenos a partir de los cuales ha sido propuesta, sino que es menester siempre poder deducir fenómenos nuevos que han de ser contrastados. En consecuencia, la hipótesis se considera probada por la mera acumulación de anécdotas, vivencias y testimonios que, por sí mismos, carecen de la menor fuerza probatoria; y sin que en ningún caso se nos propongan leyes, teorías o principios explicativos que puedan ser puestos a prueba mediante predicciones y comprobaciones. ¡Qué diría Hume, que aun en el ámbito de las propias ciencias naturales negaba la validez, como prueba, de la simple acumulación inductiva de casos particulares!

Ante argumentos de este tipo es frecuente que el científico de lo oculto se defienda argumentando que tal hecho ha sido «demostrado», aunque no se sabe muy bien cuándo ni por quién; o que diga que el físico X cree en esas cosas; como si eso tuviese la menor trascendencia: un físico puede creer en fantasmas del mismo modo que puede ser aficionado al baloncesto o amante de la cocina francesa. La cuestión no es ésa, sino qué experimento se hizo, cuáles fueron las condiciones experimentales, qué se quería estudiar, qué variables independientes (si procedía) se utilizaron, quiénes estaban presentes, quiénes formaron parte de los grupos de control (si los hubo), cómo fue contrastado el experimento, en qué revista científica se publicaron los resultados, qué opina la comunidad científica internacional, a menos que esté ciega ante descubrimientos que conmocionan nuestra concepción del universo y de nosotros mismos.

Otras veces se dice que la ciencia no lo es todo, que hay otras fuentes de conocimiento, lo que sin duda es cierto: existe también el conocimiento filosófico, el tecnológico, el mundano y… el mágico, en el que precisamente hay que colocar estas especulaciones. De todos modos, no es malo que se comience por reconocer que el saber de lo oculto no es una ciencia, pero, entonces, ¿qué es? Acaso esto: una fuente especial y privilegiada de conocimiento que poseen unos pocos elegidos, lo que les permite penetrar en una nueva dimensión oculta y vedada al resto de los humanos menos evolucionados.

En otras ocasiones, agotados todos los argumentos, el ocultista suele apelar a su sacrosanta opinión y al respeto del que (en tanto que opinión suya) es merecedor. Pero esto no es una cuestión de opiniones, sino de teorías: no hay causas que sean un poco sobrenaturales y un poco naturales, o fenómenos un poco paranormales y un poco normales, para que todos tengamos un poco de razón. Y en cuanto al respeto, conviene subrayar que el respeto, en todo caso, se le debe al individuo en tanto que individuo o ciudadano (cuando lo merece, claro está), pero sus opiniones son discutibles, no sagradas. El verdadero respeto al otro consiste en tratar de sacarlo del error o curarlo de su delirio. Desde este punto de vista, no respetar su opinión constituye un genuino deber ético y una de las formas posibles de ejercer la caridad. Lo contrario es, tal vez, el modo más alto de desprecio: el negarle la condición de animal racional.

Cuando se debaten estas cuestiones, ampararse en la propia opinión es una de las manifestaciones más vergonzantes del relativismo, a saber: la de aquél que carente de argumentos o sumido en la ignorancia pretende equiparar todas las posiciones, igualándolas por el rasero de la democracia.

Por mi parte quiero defender de un modo radical lo siguiente: que aun en el supuesto de que un determinado fenómeno no dispusiese en un momento dado de una explicación natural, eso no es un argumento a favor de la explicación sobrenatural: los límites de la ciencia no implican la verdad de la pseudociencia. Aunque, de todos modos, ni siquiera es este el caso, porque la mayor parte de los fenómenos que constituyen el ámbito de las ciencias de lo oculto pueden ser explicados casi siempre de una forma no sólo natural y racional, sino también sencilla. Y Guillermo de Occam nos enseñó que no debemos multiplicar los entes sin necesidad, por lo que si dos hipótesis explican un determinado fenómeno, debemos preferir la más simple y natural. De otro modo, cualquier fenómeno, aun el más cotidiano, podría soportar una explicación paranormal, multiplicada hasta el absurdo o la locura: el humo del cigarrillo que me fumo, es humo, que se produce como consecuencia de un determinado proceso de combustión. Pero, claro está que también cabe pensar que no se trata de humo, sino de espíritus que intentan comunicarse conmigo, y que las volutas que se producen no son azarosas, sino que constituyen, precisamente, el código en el que se halla cifrado el mensaje. Y puedo permanecer contemplándolas hasta que una mano caritativa me arroje encima una camisa de fuerza y me inyecte un tranquilizante.

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A título de ejemplo, señalemos algunas de las explicaciones perfectamente racionales, naturales y normales que pueden dar cuenta algunos de los más significados fenómenos paranormales.

Casualidad y azar: que un niño presente determinadas marcas corporales o hábitos similares a los que tenía un difunto se utiliza, en ocasiones, como un argumento probatorio de la reencarnación. Otras veces, lo que no es más que una mera casualidad se interpreta como auténtica causalidad: he ahí uno de los argumentos más socorridos para establecer la existencia de fenómenos paranormales. Pero el sucederse dos acontecimientos, uno inmediatamente después del otro, no prueba que se hallen ligados por una relación causa/efecto; ni tampoco es prueba de ninguna relación el hecho de que ese acontecer sea simultáneo. Por otro lado, el azar juega un papel muy destacado en los experimentos sobre telepatía, clarividencia o precognición: las desviaciones respecto a los aciertos que cabría esperar por probabilidad aleatoria suelen ser mínimos, y así se ha señalado repetidas veces (Price, Hansel, von Mises o Spencer Brow).

Recuerdos del propio sujeto: se utiliza como prueba a favor de la supervivencia el hecho de que un individuo parece haber recibido información de un difunto; pero las más de las veces tal hecho se puede explicar por los recuerdos inconscientes del destinatario del mensaje. Y de recuerdos se hallan constituidas, asimismo, las supuestas regresiones hipnóticas a vidas pretéritas, mediante las que se intenta probar la realidad de la reencarnación. En otros casos, más que por el recuerdo, el acontecimiento se produce por alteraciones de la memoria: tal sucede en los fenómenos dejá vu, en los que el individuo tiene la sensación de que lo que está viendo o viviendo ya lo ha visto o vivido con anterioridad. Parece que las causas de tales alteraciones de la memoria son procesos bioquímicos que tienen lugar en las neuronas cerebrales, lo que hace que se activen los mecanismos de la memoria de manera equivocada.

Alteraciones de la conciencia: los ECAs o estados de conciencia alterados (provocados por sobreestimulación, concentración mental excesiva, fiebre, cambios en la química corporal, agotamiento, estados de shock, estrés, &c.) pueden producir alteraciones del pensamiento, distorsiones en la imagen corporal, la impresión de sentirse fuera del cuerpo o incluso alteraciones perceptivas, como visiones. No hace falta señalar la ingente cantidad de supuestos fenómenos paranormales que pueden ser explicados en esos términos.

Estados de angustia, obsesión, sugestión o simple miedo, pueden provocar fenómenos extraños, como apariciones. A veces, el solo miedo a sufrir una aparición o experimentar un fenómeno extraño, basta para provocarlo. Obsérvese que, por lo común, los experimenta quien cree en ellos: la Virgen María no suele aparecerse a los budistas ni tampoco a los ateos, y, en general, sucede con frecuencia que lo paranormal no se manifiesta en presencia de un escéptico. La sugestión es también el elemento determinante en el conocido efecto placebo: es tal la confianza que el individuo tiene en que algo o alguien le curará que, en efecto, se cura. Como es lógico, suele funcionar principalmente en trastornos psicosomáticos, tales como reacciones histéricas o de conversión. Este es el mecanismo principal en las sanaciones milagrosas.

Alteraciones de la percepción: alucinaciones, alucinosis o pareidolias explican sobradamente muchas supuestas apariciones que se producen en ese peculiar estado de duermevela que caracteriza el tránsito de la vigilia al sueño, cuando se está produciendo la desconexión de los mecanismos perceptivos. Un caso muy interesante es el de la ilusiones hipnagógicas: en el momento de dormirse el individuo puede experimentar alucinaciones visuales o auditivas (aparición de personas, verse desde fuera, como si abandonase su cuerpo, sentir que le llaman o que le hablan, &c.). En algunos casos están ligadas a terrores nocturnos y también a la narcolepsia. El individuo vive lo soñado como real, porque algunos mecanismos cerebrales se hallan desconectados y otros no. En esa reducción progresiva de la conciencia se cree estar despierto y, al tiempo, se tiene la visión propia de un sueño. Conocí una señora, viuda reciente, que todas las noches notaba la presencia de su difunto marido, susurrándole al oído y acariciándole el cabello. Mi explicación, en la que aunaba el lógico estado de angustia y ansiedad con la vivencia propia de una ilusión hipnagógica, no sólo no le resultó convincente, sino que consiguió enfurecerla: mucha más credibilidad le merecía la vidente que le confirmó que, en efecto, su finado esposo estaba intentando comunicarse con ella, y así, al tiempo que le vaciaba la cartera, la ayudaba a descifrar los mensajes del más allá. Supongo que encontraba en ello una especie de consuelo; consuelo, sin duda, estúpido, inhumano y alienante, pero consuelo, al cabo.

La influencia cultural tiene también una clara importancia en el mundo de lo paranormal, por ejemplo, en los testimonios que describen el tránsito de la vida a la muerte: todos siguen una narración tipificada en la que no faltan el consabido túnel, la luz al final del mismo y la paz interior que se experimenta. Pero nada tiene de extraño que alguien en un estado febril o comatoso pueda tener una vivencia tal creada por su cerebro a partir de las informaciones almacenadas sobre dicho tránsito; tránsito, por otra parte, del que, si realmente se ha muerto, no se vuelve, y si se vuelve es que no se ha muerto. Como bien sabía Aristóteles, hay cosas que admiten grados y cosas que no, y la muerte, como el embarazo, no los admite: nadie puede estar un poco muerto, del mismo modo que una señora no puede estar un poco embarazada.

Y fraudes (¡cómo no!). Muy frecuentes en las psicofonías (en otros casos se trata de la captación de sonidos provenientes de emisoras lejanas), en los fenómenos de poltergeist (y cuando no, se trata de fenómenos naturales, tales como variaciones en el nivel de aguas subterráneas o movimientos geológicos, que operan de «fantasma ruidoso», que tira cuadros y hace caer sartenes en la casa encantada), y, por supuesto, fraudes en esa actividad que podemos denominar fotografiando hadas: fotografías de fantasmas, aparecidos, ovnis o el aura. Los trucos son diversos: barrido, exposición doble, fotografiar ilusiones ópticas, mezclar fotografías distintas, o la famosa fotografía Kirlian del aura, que no es otra cosa que el efecto corona: todo cuerpo rodeado por un intenso campo eléctrico genera luminosidad, por ionización y emisión de radiaciones.

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Permítaseme, ya para acabar, que me detenga por un momento en la videncia, dado que los videntes son, tal vez, los profesionales del sector que arrastran un mayor número de clientela y, por lo mismo, aquéllos que tienen un negocio más saneado (aunque algunos no cobren, en el sentido de tener tarifas oficiales, pero sí aceptan la voluntad).

Es claro que muchas veces el acierto obedece a la simple casualidad, por coincidencia o azar. Se hacen tantos pronósticos y hay tantos adivinos, que lo raro sería que se equivocaran siempre: si uno pronostica a una señora que ese año quedará embarazada y otro que no, es obvio que uno de los dos ha adivinado el futuro. Incluso un mismo vidente realiza tal cantidad de predicciones, que alguna vez acierta de fijo (y siempre se recuerdan los aciertos, jamás los fracasos). Como decía Cicerón: «¿cómo no acertar alguna vez quien dispara todo el día?». Algo en lo que insistía también Feijoo, utilizando, por cierto, el mismo símil: «Si algunos hombres –escribe–, vendados los ojos un año entero, estuviesen sin cesar disparando flechas al viento, matarían algunos pájaros… Pues esto es lo que les sucede a los astrólogos: echan pronósticos a montones, sin tino, y por casualidad uno u otro entre millares logran el acierto.» El propio Feijoo nos recuerda lo sucedido con el Papa Alejandro VI, a quien pronosticaron la muerte para el año 1495. Sobrevivió a tal fecha, y el fatal desenlace fue pronosticado para el año siguiente, y así año tras año, hasta llegar al 1503, en el que los astrólogos, hartos de equivocaciones, auguraron al Papa un larga vida: murió ese mismo año.

Pero al margen de los aciertos que se producen por puro azar, el vidente utiliza una serie de trucos perfectamente trabados y en ocasiones (justo es reconocerlo) extremadamente hábiles:

Observar al cliente: la edad, la forma de vestir o de expresarse suministran mucha información a un ojo acostumbrado no sólo a ver, sino también a mirar. Ante un señor de ochenta años no es difícil «adivinar» que en su pasado hay alguna muerte muy sentida, como no es difícil pronosticar que una niña de diecisiete está enamorada o tiene algunos problemas con sus padres; interrogarle: a veces de forma sutil y otras descarada; con lo que, al final, lo que el vidente adivina es casi siempre lo mismo que el cliente le ha revelado; formular enunciados en forma de pregunta: si el resultado es negativo, se cambia el planteamiento; si acertado, el adivino se reafirmará enérgicamente en él; descripciones generales de la personalidad que sirven para todo el mundo y enunciados generales positivos que todos consideran aplicables a sí mismos (el psicólogo Michel Gaugein envió un horóscopo a una enorme cantidad de individuos. El noventa y cuatro por ciento de ellos lo considero acertado y se sintió identificado con él. En todos los casos era el mismo: el del doctor Petiot, célebre asesino); decir una cosa y la contraria: el principio de tercero excluso garantiza el acierto; decir lo que se quiere oír: alagar al cliente da siempre buen resultado. Y es que, como decía Voltaire, eso de la adivinación son «cosas que la bribonería ha inventado para subyugar a la imbecilidad».

También decía Voltaire que: «La curiosidad de leer el porvenir es una enfermedad que sólo puede curar la Filosofía.» Ojalá mi escasa competencia filosófica pueda servir, no obstante, para iniciar el proceso de curación de alguno

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