Biblioteca Escéptica

Lo indiscutible (Fernando Savater)

Posted by Biblioteca Escéptica en febrero 13, 2008

Una breve biografía del autor

Cuentan que, durante la visita de Albert Einstein a España, se ofreció al ilustre visitante una recepción cuajada de intelectuales conocidos. Llamó la atención un largo aparte entre Einstein y el humorista Miguel Mihura. Cuando acabó la charla, le preguntaron a Mihura de qué hablaban tan animadamente: “Nada, me ha dicho que todo es relativo”. Me viene a las mientes esta gansada cada vez que oigo repetir ese dictamen funesto, que a veces se enriquece con un aumentativo: “Todo eso es muy relativo”.

Según algunos, nunca puede darse un conocimiento más cierto o ajustado a la realidad que otros: cuanto podemos alcanzar son simples opiniones, cada una de las cuales no expresa más que el punto de vista intransferiblemente personal y “relativo” de quien la sostiene, del partido político de quien la sostiene o del grupo mediático de quien la sostiene.

Lo curioso es que este escepticismo universal (las opiniones sólo sirven para mostrar la postura de cada cual, nunca para descubrir entre unas y otras la perspectiva objetivamente menos errónea) llena de gozo democrático a los imbéciles que la sustentan. Según ellos, lo característico de la democracia es que cada cual tenga su opinión, que todas las opiniones sean igualmente válidas o respetables y que nuestras opiniones no demuestren más que cómo somos nosotros, no cómo es la realidad. Quien piensa que hay opiniones fundadas y otras infundadas, que respetar todas las opiniones es tan sensato como considerar bebidas igualmente sanas el buen vino de Rioja y el ácido prúsico, que cuando discutimos puede no buscarse el poder de la facción propia, sino el establecimiento de la verdad, queda inmediatamente caracterizado como un dogmático impenitente o un hipócrita. Y de este modo, en lugar de ser más demócratas que nadie, lo que hacen es cargarse la democracia para todos.

Porque el presupuesto fundamental de la democracia es que los ciudadanos pueden llegar a las proximidades de la verdad discutiendo unos con otros, sin necesidad de revelaciones divinas o de que un experto inapelable piense por toda la comunidad. Digo “a las proximidades de la verdad” y no a la verdad a secas porque acepto que casi ninguna verdad es absoluta, completa, eterna, inamovible. Lo que distingue a la verdad del error o la falsedad es que responde mejor a lo real de acuerdo con el mayor número de criterios objetivos manejables. Llamamos “verdad” a lo que es más verdad que su contrario. Por ejemplo, es más verdad decir que Colón descubrió el continente americano a los europeos que sostener a los vikingos como descubridores, porque éstos cruzaron primero el océano, pero no pudieron o supieron dar a su hallazgo la misma relevancia sociopolítica que el navegante genovés. Y es más verdad culpar a Jack el Destripador de la muerte de sus víctimas que a la mala iluminación de las calles de Whitechapel o la triste condición de las prostitutas en la era victoriana. Etcétera.

En este punto siempre el relativista suele protestar: “Pero ¿quién establece que tal cosa es más verdad que tal otra?”. Sólo hay una respuesta posible: la razón de cada cual, capaz de comprender y aceptar los argumentos mejores frente a los peores o más débiles. Si uno considera su propia opinión una trinchera impermeable a las razones o si cree que ningún argumento puede llegar a convencer -no a vencer- a nadie, la entraña misma del procedimiento democrático queda definitivamente en entredicho. Los griegos, inventores del sistema político del que hoy nos reclamamos, suponían que las opiniones están para ser discutidas, es decir, puestas a prueba, zarandeadas, hasta que de ellas salga algo parecido a la verdad. En caso contrario, no hay más remedio que confiar en la revelación divina o en el sabio-que-todo-lo-sabe, porque sin verdades de un tipo u otro no se puede vivir…

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