Una breve biografía de Ignacio Sotelo
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A menudo, se ha señalado como una particularidad específica de Europa separar el poder espiritual del temporal. En el Imperio Romano, siguiendo las huellas del despotismo oriental, ambos poderes se fusionaron, unión que ha perdurado hasta nuestros días en el mundo islámico, pese a que en el monoteísmo tenga otro alcance que en el politeísmo.
Una nítida separación del poder político caracterizó al primer cristianismo, sufriendo por ello discriminación y persecuciones. En el llamado edicto de Milán (313), sin ocultar sus simpatías por el cristianismo, el emperador Constantino lo igualó a las otras religiones, garantizando por vez primera la neutralidad del Estado ante las distintas confesiones. Los apoyos y privilegios que recibió la Iglesia los pagó al alto precio de ver transmutados los obispos en funcionarios imperiales. En el último tercio del siglo IV, con la proclamación del cristianismo como religión oficial del Imperio, se suprimió de un plumazo la frágil tolerancia religiosa. El senado, último baluarte pagano, en el 382 abjuró solemnemente de los dioses tradicionales, decretando castigos para los que se mantuvieran fieles a los antiguos cultos. La religión perseguida, en cuanto se vinculó al poder del Estado, se transformó en perseguidora.





